martes, 31 de agosto de 2010

B207 y la anagnórisis de sombras


Otra vez aquí. Los caracteres [el que forma la palabra esperanza también significa raro, escaso], el Mc Donald's junto al hutong flanqueado de puestos callejeros, la habitación B207 que parecía resquebrajarse anoche cuando comenzó a llover. Las intuiciones.



La ciudad entera son sombras difusas con una intercomunicación más ficticia que el aquí censurado Facebook, Youtube, Blogspot, Wordpress, párrafos enteros de Historia recortada del año en que nací y de los que sólo quedan conjuntos elididos.


De tanto en tanto el foco de curiosidad del laowai ilumina una parte, sólo una pequeña parte [volver al lago Houhai - las luces de neón, las ondas del lago, el nudo en la garganta-, callejear por hutongs cercanos, por los rascacielos de Sanlitun, por las estrellas entre las baldas de The Bookworm] mientras el resto se mueve en las sombras, sin esperar a nada, creciente, latente, un gigantesco y laborioso insecto de carga que soporta veintidós millones de almas acodadas en los escombros de lo que puede ser.


Nunca sabremos dónde termina la sangre y comienza la lejía, leo recostada [sumergida] en un cojín junto a la ventana del segundo piso que es en realidad el primero de una biblioteca donde me he topado con la Creta de Fernández Mallo, con Quimeras, con otro pedazo de las cenizas que hace tanto se esparcieron.


Houhai se guardó en silencio mis lágrimas de nostos, de café soluble, de búsqueda constante. Y quizá otros vean mofa en la sonrisa, pero yo veo bienvenida.


He vuelto.



martes, 24 de agosto de 2010

Yo no pedí ser tan torpe, señor Steichen o Al menos la maleta cierra bien.

Redundo disculpas:

Lo siento, pero las cámaras y yo nunca nos hemos llevado bien. Pasaría por lo contrario, a juzgar por lo mucho que me gusta hacer la Kiki de Montparnasse, pero me exhibo de forma masoquista porque no salgo bien en las fotos. Eso sí, por intentarlo que no quede. Pasarán años y seguiré sin rendirme.

Mi relación con la fotografía se puede resumir en bastantes años de muda espectadora, al principio impuesto y después ya no tanto (y me importa bastante poco eso de la esclavitud es mala pero peor etcétera etcétera). además de un par de experiencias como modelo para valientes incautos con réflex y paciencia bíblica.

Y eso se puede resumir aún más diciendo que no tengo ni puta idea de disparar la cámara digital compacta que me regalaron para que marcara con un yo estuve allí invisible todos los sitios que pisare, hollare o profanare. Me da una vergüenza horrible que algún turista sonriente me pida que le saque una foto delante de algún monumento: el pobre no podrá mostrarle jamás a su familia que él estuvo ante, pongamos, la fachada de la Universidad de Alcalá (y ellos no) porque lo que aparece en la fotografía es un aborto híbrido de alguien con bermudas ante algo que no parece ni remotamente un edificio.

El caso es que mañana me largo a otro continente (en fin, es sólo un mes, que nadie se alegre demasiado) en el que escribir y seudopublicar en mi idioma me va a ser bastante difícil, y más teniendo en cuenta que la velocidad de la conexión deja bastante que desear. Con la censura de redes sociales, blogs y buscadores varios debería ir (qué ironía más mala) más ligera de carga, pero como resulta ser al contrario tiraré de ciertos amigos de reputadas paciencias para torturarles con mails que mantengan un poco el tinglado. Lo dicho, disculpas de antemano por el desaguisado. Sólo espero que el destino haga el resto: hay cosas de China que sólo pueden describirse parpadeando con cara de laowai caída del guindo. Bendita cámara digital compacta: prometo que allí he visto Cola-Cao de naranja. Por ejemplo.

lunes, 23 de agosto de 2010

Amanecer (es) tan idos.

Uno. Rueda de autobús sin antifaz, 7:35 Sants término 7:52; ver desperezarse desde la terraza las agujas de la ciudad. Arena, olas, proyectos, La vida es sueño y hay tanto por aprender y a todos nos falta algo pero muy pocos lo intuyen y saben a sal los labios y se aventuran por la piel gotas dulces de fruta demasiado tentadora para estar prohibida. Por qué, no sé, tenía ganas, apetecía, qué sé yo, qué más da... Bienvenida a Razzmatazz. [I have never [...] como en la canción de The XX].Volver con la grey. D

os [sua], hic et nunc. Soñar con las últimas cerezas del verano. Guía de la ciudad efímera como una improvisación o una performance: no hay fotografías, no hay vídeos, miradas Dogma 95, agua, calor, espiar entre maderas, limón straciatella, letras imposibles. Un muro argamasado con manos de dioses antiguos. Asomarse a un Epidauro. Buscar el noveno estrato de algo que puede ser Troya.

(Creo que voy a empezar a romperme).

Tres, cierra los ojos otra vez. ¿Bienvenida a Barcelona? (ya no cuela, ¿no?), graniza café. Quimeras en los pasillos blancos del MACBA que se asoman a la plaza llena de sol, de verano, de Kafka y de mensajes. Aquí, ahora mismo. Media hora de esdrújulas. En serio. ¿Adiós? Ni se te ocurra. Hasta Teardrop y los callejones felinos.



Otoño llega con prisa.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Ginebra

Lanzarote cruzó el puente de la Espada y se dio cuenta de que no era para tanto. Después de echarse yodo en los rasguños, pudo ver que de tanto soñar con Ginebra había gastado su rostro y ahora la belleza no estaba ni en el barniz de su cuello ni en la sombra de sus ojos; Ginebra se diluía en líquido turbio de sus noches a solas y Lanzarote le arrojó a la cara uno de esos manojos de pelos que la muy guarra siempre dejaba prendidos en el cepillo. Ella frunció el ceño y le gritó, pero a él ya no le importaba. Se largó, sin caballo, solo y olvidado, a lo lejos aún se oían sus gritos de borracha y a él, a Lanzarote, seguía manándole poco a poco la sangre de las heridas.



*Publicado en la primera versión del blog en 2009 (que fue posteriormente eliminada) y recuperado y leído el pasado 16 de marzo junto a poemas de J.J. Martínez Palacín, Aitor Z., Ernesto Filardi y Francisco José Martínez Morán. Intrusismo de prosistas, que dicen por ahí.

domingo, 15 de agosto de 2010

Ya ha pasado casi un mes desde que envié mi personal valoración crítica de las conferencias de aquel curso de verano sobre literatura.

Aún no he recibido respuesta de ningún tipo.

No sé si quiero empezar cuarto. (Aun así, fue divertido).

sábado, 14 de agosto de 2010

Esto están un suizo, un americano, un albanés y un epañol hablando inglés en un bar coreano y...

-¿Seguimos con los chistes?

-Yo sé un chiste albanés.

-Venga, Besjian, cuenta.

-Pues esto es una familia albanesa que emigra a Grecia y mete al niño en un colegio griego, claro. Y el primer día la profesora le dice: bueno, Beni, que es un nombre albanés típico, vale, bueno pues a partir de ahora como estás en Grecia tendrás un nombre griego como todos, ¿vale? Y el niño, vale. Te vas a llamar Kosta, le dice la profesora, que es un nombre típico griego y el niño, vale. Y cuando vuelve a casa le dice su madre hola Beni, qué tal el colegio, y el niño ni caso, y la madre, Beni a cenar, Beni a dormir y el niño, claro, ni caso. Y al día siguiente el niño entra en clase llorando y hecho un cromo. La profesora le pregunta “pero Kosta, ¿qué te ha pasado?” y el niño responde “los albaneses, que me han pegado”.

-...

-Joder.

-....

-Joder.


lunes, 9 de agosto de 2010

Rasgar mil parpadeos

Serían como las diez de la noche pero no se veía un alma, y vagué por el recinto cerrado del campus sintiéndome el único ser vivo, fuera la ciudad no duerme y en Sanlitun y Nanluoguxiang corren la cerveza y los cócteles dulzones pero aquí no hay nadie, ni siquiera hay luces, recuerdo que miré al cielo pero no vi ni una estrella, sólo ese casco espeso y gris que convertía el sol en un círculo que se podía mirar sin guiñar los ojos y que continuaba en la noche, oscuro, denso.

Un cuarto de hora antes, más o menos, aunque anochecía tan pronto que perdía la noción del tiempo, me había asomado a una caseta iluminada por el resplandor de mil pantallas pequeñas que despiezaban el campus en mil escenas simultáneas. Me había quedado allí un rato, atisbando por la ventana, y lamenté no haber traído la cámara, fotografiar a otros, o fotografiar espacios vacíos, qué más daba. Me pregunté si no habría en otra parte otra caseta exactamente igual, a cuya ventana alguien me estaría espiando.

Volví despacio, velan por mi seguridad, bordeé sin hacer ruido los jardines entre los que, escondidas (a las doce cierran los dormitorios de las chicas con cadenas y les apagan las luces) se ven parejas que se abrazan casi como si se sostuvieran, susurrándose.

Aún no me acordaba de Fahrenheit 451 ni de 1984 ni de otras distopías, pero no faltaba mucho para que lo hiciera.

jueves, 5 de agosto de 2010

Poco más que añadir II

“Lo mejor de escribir no es sólo la tarea en sí de colocar palabra tras palabra, ladrillo sobre ladrillo, sino los preliminares, los trabajos preparatorios, que se hacen en silencio, en cualquier circunstancia, en sueños igual que en vela.”


Henry Miller, Sexus.

No future

Dicen que es el futuro. Era automático, como si estudiar cualquier lengua necesitase una justificación, como si intentar comprender la estructura de pensamiento de otro necesitara una excusa tal como que el otro iba a beneficiarnos después.

China igual a futuro era una convención y un dogma que podía ser cierto o irse al carajo como un Hindemburg pero a mí, realmente, me daba exactamente igual. Llevaba demasiados años con declinaciones y usos del verbo sum como para que alguien me viniera a hablar de lenguas vivas o niños muertos con los ojos como símbolos del dólar.

Y es que nadie de todos los que rimaban China y futuro estaba en mi cabeza cuando empecé a repetir una y otra vez, en la biblioteca o en mi cuarto o en algún que otro garito los trazos ordenados de los caracteres, lluvia, luna, sol, amigo, tú, yo, etcétera, hasta que fuese capaz de combinarlos. Llenaba páginas y páginas, márgenes de apuntes, o me emborronaba las manos o manchaba servilletas de descarado presente. La peor tinta es mejor que la mala memoria, recuerdo que leí una vez, y yo tenía que grabarme como fuera al menos cinco mil más para acariciar la superficie de ese poliedro imposible.

lunes, 2 de agosto de 2010

Sobre las referencias literarias (Inspiración III)

Toda obra literaria apreciada por la crítica de un autor semidesconocido, (especialmente, de narrativa; especialmente de novela), y mucho más si está muerto o si le rodea un aura de malditismo ya por las circunstancias de su muerte o por las de su vida o las de las personas que le rodearon, es susceptible de ser adoptado como referente. [...]Por tanto, el novel habrá de conocerle e idolatrarle, pero no sólo en el momento de la apreciación de la crítica sino antes, mucho antes, cuando dicho autor era casi un desconocido despreciado. La expresión casi desconocido deberá aparecer en las conversaciones sobre literatura al menos cuatro veces cuando dicho autor salga a relucir*, y el novel se autoafirmará como defensor acérrimo de éste.”


*menospreciado, infravalorado, incluso minusvalorado, son adjetivos a tener en cuenta.



Novelas (y noveles) sin fecha de caducidad: Capítulo 6: Si no puedes con el mainstream únete a él, Hostal Proust Ediciones, 2008.



domingo, 1 de agosto de 2010

Ruidos (II)

Mi hermanito sigue llorando.

Yo sólo quería que callara. Sólo que callara. Llora y llora y mamá dice que yo era igual a su edad pero yo no podía ser así tan pequeña y tan rosa y tan fea y llorando y llorando sin parar y la boca manchada de leche, qué asco, yo no podía eructar así ni chillar así ni oler así y yo sólo quería que se callara de una vez como cuando lo trajeron tan pequeñito y tan dulce dormidito y papá y mamá están en el cine y la vecina en el salón no para de reírse y no le oye pero yo sí y sigue llorando y huele mal y siempre fue así desde que llegó tan rosadito y tan dormidito.

Y yo sólo quería que callara. Por eso machaqué las pastillas de mamá y las metí toditas en el bote de la leche en polvo y vi cómo se la tragaba toda, cómo bajaba por el biberón hasta su boca rosa y manchada de leche y cómo eructaba después, pero tengo miedo, tengo miedo de que vuelvan y no les guste verle dormidito y callado al fin y por eso le agito el pie o la mano o la cara cada poco, no te duermas no te calles sigue llorando. Mi hermanito sigue llorando.

viernes, 30 de julio de 2010

Revolver tintas

Ciudades europeas como Roma o Lisboa o qué sé yo, Praga, tan de moda, en el imaginario insolente de quien no ha viajado, aparecían como monumentos caducos, tan representados en televisión, en revistas y en novelas sobre las revoluciones que casi podía decir que los había visitado ad nauseam. Incluso Tokio, por donde había deseado vagar con una peluca rosa y cara de aburrimiento, parecía un decorado hasta los topes de turistas a la busca y captura de gadgets y bragas usadas.

Sin embargo, Beijing, y después, el 798, era para mí un paraíso arrebatado antes de tiempo: aquel complejo fabril remozado y convertido en dédalo de galerías era el único lugar donde hubiera podido darse una revolución de verdad, el único sitio donde hay algo verdaderamente peligroso a lo que enfrentarse, algo a lo que decirle estamos aquí, cojones, somos artistas y tú puedes disparar al cielo para que el día de tu desfile amanezca despejado pero nosotros preferimos actuar bajo este gris de humo y niebla y te vas a joder, porque te van a ver mate y sucio. Tal y como eres, camarada. Tal y como somos.

Y vivir allí hasta el punto de tener que comprar perchas, fregona y un aparato para alejar a los mosquitos monstruosos no sé si fue bueno o malo: porque desde que volví (y lo enunciaba así a quien quisiera escucharme, desde que he vuelto, desde que volví, como si hubiera estado no un mes sino veinte años) no pasaba un día que no recordase el Beijing que conocí, el medieval, el milenario, el comunista y el de otro planeta, el de las luces de neón y los hoteles de lujo con terraza al infinito y las copas hasta el amanecer y los parques en otoño que no era otoño sino simulacro de primavera, más simulacro que las cinco semanas que pasé allí haciendo como que vivía, como que venía para más tiempo [...]

miércoles, 28 de julio de 2010

Bifurcatio

Quiso saber dónde había estado todo ese tiempo.

En un laberinto, le dije.

No me creyó.

Por eso le mostré entonces la noble cabeza de Asterión. Le mostré las flores de crisantemo y las paredes de marfil, el tomo onceno de la enciclopedia de Tlön y la máscara de oro y las huellas del pórfido rojo en mi piel. Le mostré los reflejos cambiantes, enlacé mi aliento con el de una bestia e hice cada pausa un enigma infinito.

Y vi, en el transcurso de segundos que dilataban en horas, cómo palidecía lentamente, cómo la sangre abandonaba hasta sus labios y cómo sus ojos reflejaban, asustados, inciertos, el universo inacabable de los míos. Creo, incluso, que le oí gritar.

Se fue mascullando, solo, no sé qué de descansar y de aire fresco. Supe entonces que le había convencido, pero no pude alegrarme.

Ahora me pregunto si sabrá salir.


lunes, 26 de julio de 2010

Leila y los Ruidos

Así imagina Leila Amat Ruidos I.

Más de sus disparos imposibles aquí y aquí.

Sí, yo también me pregunto where is my mind? o Tres noches de luces de neón

(Crónica a frases cortitas descriptivas, con mucho infinitivo/imperativo y retazos -bonita palabra- de canciones, que es lo que se lleva ahora):

Llegar a las dos y pico justo para ver a L.A., Evening love (I don't wanna leave this room anymore). La playa, de noche, sin bañador ni toalla ni crema del cincuenta. Quién quiere cenar cuando se ha evaporado ya una botella de rosado y dentro de diez minutos tocan Raveonettes. Algunas plantas experience, Heart of stone (rozar el cielo, de paso). Bailar con Los Coronas, sola, tumbarse a mirar estrellas en medio del concierto de los Leadings. Cazar una visera de los Dirty Surf (tocan con máscaras de lucha libre, hacen estallar un monitor de cartón en confeti), corearle la letra al émulo de Ian Curtis que lidera los Dirty Socks, coronar las escaleras de la plaza, directo, a segunda fila. Luces de neón, (joder, qué elegancia), alta fidelidad (todo esto es por culpa de la gente). Y si nuestro mundo acaba es porque tenía ese final. Y entonces llegan ellos. Luces. Blanco. Placebo: arrived. Chicos y chicas, pendehos y pendehas y entonces nos volvemos todos locos o en realidad siempre lo estuvimos y nunca nos dimos cuenta. Y saltos, saltos hasta alcanzar el maldito cielo. Y quedarse allí. Allí, allí, y 1990's y The Chemistry Set y... joder, I don't wanna leave this room anymore. Asómate a la ventana (más que nada, porque no hay balcón), qué bien te queda, Solange. Amargor. Abro los ojos. Madrid. With your feet in the air and your head on the ground.

A lo mejor, lo soñé todo.

martes, 20 de julio de 2010

Ruidos (I)


Ya están otra vez. Los golpes y los quejidos del somier atraviesan las paredes aunque se interponga el colchón de música y los gemidos ahogados se cuelan como las notas falsas de una guitarra. Le tengo dicho que se cambie al látex, pero nunca me hace caso y ahí sigue, con los muelles viejos, manchado y roto, aguantando lo que le caiga.
Siempre igual, desde que nos independizamos, juntos como cuando éramos niños y jugábamos a cazar lagartijas o gatos callejeros. Él asestaba el golpe y yo recogía los cuerpos. Él ensucia y yo recojo. Y ahora, no sé cómo se las apaña pero siempre termino fregando los platos y agachándome a por las pelusas.
Grita. Ella grita. Intervalos cortos, como vagidos de animal acorralado. A él le gusta que griten un poco, al final. Nunca he conseguido entender por qué, pero sólo las deja gritar al final y todas lo acaban haciendo y eso sí no hay música que lo amortigüe.
Nunca las veo entrar. Sólo me deja después, cuando entra al baño a lavarse primero las manos y a darse una ducha que me deja sin agua caliente para las siguientes dos horas. Es preciosa. Eres preciosa, le digo cuando entro. Hay que reconocer que tiene buen gusto, el cabrón, aunque haya que ser como él para conseguirlas. O ser amigo de alguien como él. No me importa fregar los platos si después puedo recoger cuerpos como éste. Es preciosa hasta con la mordaza en la garganta. Él me conoce y sabe que no me gusta tanto que griten, ni al principio ni al final. A mí me gusta que se quede así, quieta, mirando cómo me desabrocho el cinturón, cómo me bajo la cremallera y empiezo a masturbarme ante sus ojos de miedo y rímel corrido.
Me gusta que los cierre como una presa malherida por un cepo.


lunes, 19 de julio de 2010

Exhalación

-Bueno, no me has dicho qué te parece.

-¿Con sinceridad?

-Toda la que no te dejan.

-Pues una puta mierda. Incoherente. Inverosímil. Manda el pacto de ficción a donde yo te diga. A los personajes se les ve venir desde la primera frase. El argumento lo he visto cien veces y leído otras cien. La trama no se sostiene y las situaciones son ridículas o dan pena, o todo a la vez, no sé.

-Ya. Qué quieres.

-Bueno, venga, que me disperso. Vamos a comentar el texto y ya dejamos la vida para otro rato.

miércoles, 14 de julio de 2010

Poco más que añadir I

“Todos tenemos un momento, nuestro momento, ese momento en que la flor se abre y todo cobra sentido, y después se va, y ya está, es como una chispa, lo pillaste, lo cogiste al vuelo, o no, ésa era tu elección, y luego ya no te queda más que esperar a morirte, como una imbécil

Blanca Riestra, La noche sucks.

lunes, 12 de julio de 2010

Los cursos de verano y los actos subversivos

A lo mejor soy yo, que cada vez me vuelvo más quisquillosa. O si simplemente exijo demasiado, aunque por otra parte es lo que toca con la insolencia de los veintiún años. Pero no me gusta que me tomen el pelo. Y me parece que, tres años después, el nivel de cierto curso de verano de literatura ha ido bajando paulatinamente hasta el de club de lectura de señoras, con sus pastitas de té y sus cinco clases de azúcar.

Que conste que no tengo nada en contra de los clubes de lectoras y lectores, más que nada porque soy una adicta al café en buena compañía y un abanico de autores mientras se intercalan fragmentos de vida que en la ficción resulta más fácil afrontar. Pero no pago como he pagado por un ciclo de conferencias presuntamente impartido por presuntos expertos en literatura, supuestamente concebido para profundizar en la materia para los cuatro que nos interesamos y que, de paso, nos enfrentamos como pavos reales (Nocilla sí, Nocilla no) en la cafetería: he apuntado más nombres en esos ratos de descanso que durante las ponencias.

Y repito que no sé si soy yo que me estoy volviendo una repelente o si siempre lo he sido y últimamente lo estoy demostrando más que de costumbre. Pero ya resulta sospechoso que en un curso sobre literatura contemporánea se vuelva a los mismos de siempre como si no hubiera otros, como si no hubiera más, como si después de Machado, Miguel Hernández y Salinas se hubiera acabado la literatura.

No voy a hablar del resto de los ponentes, porque son conocidos y a muchos les hará gracia que uno de ellos se sobara con la boca abierta en la tarima mientras su mejor amigo hablaba (bastante bien, por cierto; de los mejores, por cierto) de Lezama Lima y los fragmentos más calientes de Paradiso.

Tampoco voy a extenderme en la mención de una conferencia que consistió en el comentario de una lista de las novedades de Anagrama, Alfaguara y Seix Barral, de la que se procedió a tachar los best-seller cursis y los papeluchos sin interés y a subrayar las novelas que molan. Que la conferencia versara sobre última narrativa supuso el único momento en que a alguien le importaron un carajo los títulos.

El caso es que, como prefiero la soberbia a la complacencia, terminé saliendo de la sala. Y no fui la única.

No voy a decir ahora por qué. Más que nada, porque uno de los organizadores del curso nos pidió que redactásemos una crítica personal y sincera de cada conferencia. Algo me dice que me voy a divertir. Que a fin de cuentas, de eso se trata. Juguemos a que nos ardan las yemas de los dedos, que estamos en la edad y pocas veces se nos nota por ese empeño inútil de ascender al Parnaso de esos académicos que creen que ahora no hay literatura.

miércoles, 7 de julio de 2010

Juegos de niños


Seguramente no recuerdes todas las veces que bajaste al parque a jugar cuando eras un crío y los dias eran una línea continua de la que no te dejaban salirte ni cuando coloreabas. Pero a lo mejor recuerdas aquella noche de verano que nadaste desnudo en la piscina. O aquel día que casi te dejas media boca en el tobogán. O seguramente te recuerdes apretando los dientes en un estoico esfuerzo por aguantar el dolor ante la sangre chillona de la grava y el cemento.
Somos en gran medida lo que leímos de niños, y con esas lecturas, funcionamos más o menos así. Empecé a leer por imitatio y por acicate; y no soy capaz de recordar todos los libros, más o menos edulcorados, que serían mi base y que hoy son una parte de mi memoria.
Uno va creciendo, a veces incluso madura. Y cuando hablas con la gente, sobre todo si salen a relucir tus aficiones (“yo es que de pequeño leía mucho, pero.”), te das cuenta cuántos no pasaron de aquel parque.
Juegas. Lees. Tranquilo, feliz, despreocupado. Crees que las cosas seguirán así siempre, poco a poco y sin que te percates del todo, vas dejando de ir al parque. Pero estarán siempre aquellos días de goce, de miedo, de fascinación con algo o con alguien, de sorpresa, de enfado ciego y rabioso, de pena honda y de algo que más tarde llamarás melancolía. Y con cicatrices viejas en las rodillas y con una especial habilidad para poner las manos como escudo al perder el equilibrio, te vas; y no lo sabes aún pero si algún día vuelves, todo será irremediablemente más pequeño.
Y palpitan las lecturas como permanecen cálidos y vivos el día de la gran pelea o el día que coronaste el castillo de cuerdas al que daba tanto miedo subir. Y viste todo desde lo alto y te pareció fácil. Quizá, demasiado fácil.
Escribo por una época en que los referentes de nuestros padres, aquellos libros de aventuras de Stevenson, Verne o Salgari, ya estaban sacralizados como clásicos y el mercado editorial se daba cuenta de que podía manejarnos en un terreno seguro, atractivo, excluyente. Acotó los parques con vallas de colores y nos presentaron colecciones de títulos meditados que en su mayoría no volveríamos a mirar.
Pero yo sigo recordando Las brujas de Roald Dahl como una de las historias más deliciosas y perversas de mi niñez. Me acuerdo de la hija adolescente de La extraña familia Mennym colocándose unas gafas de sol sobre la piel de trapo para que nadie apreciara sus ojos de botón. Me acuerdo de Coraline atravesando el túnel, de Alicia cayendo por la madriguera (y de la forma tan distinta que tuvo de caer muchos años después), de Blanca y Aglaia y su día a día en lo alto de un árbol, de Rudiger y de Anna la Valiente y de Atreyu escuchando la voz de Uyulala y de todos los líos de dioses de mitologías remotas donde siempre moría alguien, y las punzadas de placer perverso de los cuentos tradicionales antes de que los amordazaran con confitura de cerezas. Y los mutantes de cómic que me daban ganas de poner los ojos en blanco y desatar una tormenta. Y también ella, AeShaettr, Lyra Lenguadeplata, dispuesta a fundar la República del Cielo y de paso, la leyenda de una heroína atípica y fiera como un gato montés. Y Harry Potter descubriendo aquel colegio donde yo hubiera dado un dedo por que me admitieran.
Porque sí, jugamos al nivel de lo sesudo y el mayor laberinto lingüístico nos parece un reto más placentero cuanto más intrincado. Pero parte de la culpa la tiene B.B.B., por robar aquel libro y habernos mantenido con los ojos enrojecidos durante más tiempo del que podíamos contar, y fuera caía la tarde pero, dentro, Perelín, la selva nocturna, germinaba. Y no lo sabíamos pero ya no había remedio posible.
Por mi parte, sólo puedo agradecerlo.