Para ser sinceros, nunca me caíste bien, no sé por qué. Ni siquiera ahora. Cuando lo de Ayala, apostábamos por ti como el siguiente, aunque también tuvimos en cuenta a Saramago.
Empecé tres novelas tuyas, acabé dos, me gustó una y media, y ya sé que no te importa, como tampoco te importa que ahora mismo todo el mundo hable bien de ti, de tus novelas, de tu Castilla, de tu afición a la caza y de tu milana bonita, y tampoco te importa que ahora arrecien homenajes y ediciones en tapa dura.
Si no fuera porque creo que no hay nada después, diría eso de que nos espere muchos años, aunque algo me dice que no iríamos a parar al mismo sitio. No me caes, no me caíste nunca bien y estoy harta de que se hable de ti en todas partes sólo porque te ha dado por morirte. Por suerte se les pasará en un par de días, porque la literatura, la de verdad (eso lo reconozco, lo tuyo sí era literatura, a diferencia de lo que se hace ahora) sólo interesa si alguno la diña. Quién sabe, puede que sólo por eso ahora me dé por leerte: porque veré en las librerías, en la paradójica sección de novedades, algo que merece la pena, aunque no me cayeras nunca bien.