Así imagina Leila Amat Ruidos I.Más de sus disparos imposibles aquí y aquí.
“Todos tenemos un momento, nuestro momento, ese momento en que la flor se abre y todo cobra sentido, y después se va, y ya está, es como una chispa, lo pillaste, lo cogiste al vuelo, o no, ésa era tu elección, y luego ya no te queda más que esperar a morirte, como una imbécil”
Blanca Riestra, La noche sucks.
A lo mejor soy yo, que cada vez me vuelvo más quisquillosa. O si simplemente exijo demasiado, aunque por otra parte es lo que toca con la insolencia de los veintiún años. Pero no me gusta que me tomen el pelo. Y me parece que, tres años después, el nivel de cierto curso de verano de literatura ha ido bajando paulatinamente hasta el de club de lectura de señoras, con sus pastitas de té y sus cinco clases de azúcar.
Que conste que no tengo nada en contra de los clubes de lectoras y lectores, más que nada porque soy una adicta al café en buena compañía y un abanico de autores mientras se intercalan fragmentos de vida que en la ficción resulta más fácil afrontar. Pero no pago como he pagado por un ciclo de conferencias presuntamente impartido por presuntos expertos en literatura, supuestamente concebido para profundizar en la materia para los cuatro que nos interesamos y que, de paso, nos enfrentamos como pavos reales (Nocilla sí, Nocilla no) en la cafetería: he apuntado más nombres en esos ratos de descanso que durante las ponencias.
Y repito que no sé si soy yo que me estoy volviendo una repelente o si siempre lo he sido y últimamente lo estoy demostrando más que de costumbre. Pero ya resulta sospechoso que en un curso sobre literatura contemporánea se vuelva a los mismos de siempre como si no hubiera otros, como si no hubiera más, como si después de Machado, Miguel Hernández y Salinas se hubiera acabado la literatura.
No voy a hablar del resto de los ponentes, porque son conocidos y a muchos les hará gracia que uno de ellos se sobara con la boca abierta en la tarima mientras su mejor amigo hablaba (bastante bien, por cierto; de los mejores, por cierto) de Lezama Lima y los fragmentos más calientes de Paradiso.
Tampoco voy a extenderme en la mención de una conferencia que consistió en el comentario de una lista de las novedades de Anagrama, Alfaguara y Seix Barral, de la que se procedió a tachar los best-seller cursis y los papeluchos sin interés y a subrayar las novelas que molan. Que la conferencia versara sobre última narrativa supuso el único momento en que a alguien le importaron un carajo los títulos.
El caso es que, como prefiero la soberbia a la complacencia, terminé saliendo de la sala. Y no fui la única.
No voy a decir ahora por qué. Más que nada, porque uno de los organizadores del curso nos pidió que redactásemos una crítica personal y sincera de cada conferencia. Algo me dice que me voy a divertir. Que a fin de cuentas, de eso se trata. Juguemos a que nos ardan las yemas de los dedos, que estamos en la edad y pocas veces se nos nota por ese empeño inútil de ascender al Parnaso de esos académicos que creen que ahora no hay literatura.
Hacía mucho que no me pasaba por aquí. No es que la avalancha de comentarios me haya provocado una crisis de éxito: sigo escribiendo. Eso sí, cada vez parece que me importa menos publicar en un blog cada cosa que hago. No estoy orgullosa, no noto que vaya a ninguna parte; sigo disfrutando con ello aunque nunca sea ni un tercio de lo que me gustaría y empiezo mil proyectos que espero poner en marcha y echar a rodar cuando tenga tiempo, es decir, dentro de un par de nuncas, pero también se disfruta hablando de ellos: quién sabe, puede que algún día y por variar me salga bien la jugada.
Mientras, he acabado los exámenes, tercero de carrera y primer ciclo de algo que escogí porque cuando era una adolescente recalcitrante me obligaron a plantearme qué era lo que más me gustaba en la vida. Y mientras, ha vuelto el calor, valiente insensato. Voy a la biblioteca y me preparo los suministros, voy al teatro y critico después texto, escenografía y lo que haga falta; voy a conciertos y me enamoro de algún batería de jazz; me reconcilio con las noches de verano y hasta me están entrando ganas de jugar con fuego. Visto así, parece una vida de novelita fácil, de digestión ligera, una novelita de verano. Y casi lo prefiero, porque desde hace algún tiempo me decanto más por los personajes de ficción.
Me explico: a veces, y que nadie me pregunte por qué pero especialmente cuando estoy entre amigos y hace viento, preferiría algo más que redes sociales, virtuales o humanas, que cada vez parece que se están acercando más y algún día una devorará a la otra (personalmente no tengo favorita). En ese momento prefiero callarme, ser espectadora, como tantas otras veces, con el mismo interés con el que, me van a perdonar, seguiría un partido del Mundial.
Nos miro. Somos universitarios, aunque eso cada vez signifique menos. Algunos podemos ostentar el dudoso orgullo de ser los últimos incomprendidos de un plan lectivo donde figuran en mayúsculas premonitorios A EXTINGUIR, aunque eso tampoco signifique gran cosa.
Aparte de eso, podemos enorgullecernos puerilmente de ser, con muchas comillas, distintos. En algún momento hicimos a alguien enarcar las cejas por nuestra forma de vestir. Vimos o quisimos ver películas que nadie había siquiera oído hablar. Leímos cosas que hacían enrojecer a las señoras en el metro y que nuestros compañeros de clase, pobres incultos, no conocerían jamás. Fuimos al teatro y no pudimos contárselo a nadie y nos callamos como putas la sensación del orgasmo de madera en las fotografías de Man Ray. Y nos sentimos especiales, diferentes, raros, por todo ello, aunque, insisto, no signifique gran cosa para nadie ni sirva demasiado, que a fin de cuentas aquí estamos para servir.
Pero eso fue antes. Antes de entrar a la universidad y darnos cuenta de que había más gente como nosotros. Menos de la que esperábamos. Pero ahí estaban, para arreglar el mundo o para prestar un libro, que a veces es también arreglarnos el mundo.
Y como la maldición de los ex-novios (sí, lo has dejado con ellos pero sigues hablando de ellos), se da a veces (y no sé por qué, pero suele ser cuando hace viento, encima), nosotros, los culturetas universitarios orgullosos de nuestros ombligos, preferimos hablar de las vidas del equivalente de esos zoquetes de antes. En cuanto a los personajes de ficción... bueno, como ejemplo de Ni-Ni me quedo con Holden Caufield, que me carga menos las tintas. Que sean reales o no... bueno, señores, no voy a dirimir sobre qué vida es más real o más plena, porque tendría que empezar por la mía y no sé si me gustaría el resultado. Pero por favor, vamos a hablar de Holden Caufield y de otros de su calaña. Sólo hoy, sólo esta noche, aunque sólo sea porque hace viento.
Entonces, el hombre barbudo y cojitranco que había negado con la cabeza tras los aplausos y las risas complacientes me tendió solemnemente las gafas desplegadas como si se dispusiera a coronarme.
Lo primero que vi fueron barrotes. Las paredes de rojo Bohemia se habían vuelto rejas de hierro al frío de la noche, pero no lo noté por el hedor caliente que emanaba de los cuerpos de los simios.
Me sujeté las gafas como si quisiera incrustarme las patillas en las sienes para que no se me escapara ni un detalle y allá donde mirara veía monos de todas clases, monos que chillaban y que fumaban en farsa con pipas y cigarros de juguete entre los labios arrugados, mandriles que exhibían y frotaban los culos a otros mandriles, chimpancés que se masturbaban afanosos o que sonreían con servilismo o con amenaza o con ambas pero desde luego no con alegría o amabilidad, si es que existe la amabilidad para ellos; simios que se empapaban el pelaje de zumo pegajoso o se entregaban a la cópula o se despiojaban unos a otros. Y todo ese ruido, el interminable chillido coral, la polifonía estridente que retumbaba en los barrotes. Me tapé los oídos, presionando con la cara interna de los dedos las patillas en la carne. Un poco más allá, dos monos habían empezado a retarse con el pelaje erizado y muecas de infierno en los rostros.
Sácame de aquí, le digo, por favor, y me quito las gafas y me froto los ojos hasta que logro dar con la puerta. Cuesta respirar: los fines de semana abren el micrófono en el bar de los poetas, y siempre se llena.
Debería estar haciendo un trabajo sobre interdicción lingüística. Pero es que ya estoy un poco harta de todas esas cosas que no se deben o no se pueden decir. Estoy nerviosa, también: el lunes sólo quedarán un trabajo y un examen más para pasar el ecuador de la carrera.
Y cuando estoy nerviosa mastico chicles y los desecho a los dos minutos, así que mejor no preguntarse qué pasaría si fumara o si me mordiera las uñas: la respuesta está en mis pulgares y en todos esos envoltorios arrugados.
Se trata un poco de todo, claro, nunca es una sola cosa lo que hace que te vayas reduciendo los pulgares como quien ralla patatas. En apariencia, todo va bien, claro, nunca parece que las cosas vayan mal cuando las piensas deternidamente y las comparas con la situación de otros a los que les va mucho peor que a ti. Además, estoy de exámenes, pero no lo parece. De hecho tampoco parece que haya estudiado este año aunque me haya metido entre pecho y espalda un tercero con sus optativas y sus exposiciones de literatura contemporánea. Tampoco me he aburrido, tampoco he dejado de aprender y sí, he tenido momentos en los que no sabía muy bien quién coño era pero no me entraron ganas de suicidarme (ya es un paso, será que me hago mayor para el malditismo).
Y la tarde, a pesar de los gaiteros que ahora mismo ensayan sin que yo me explique muy bien por qué justo debajo de mi ventana, haciéndome odiar los trajes regionales, las tradiciones y hasta si me apuran las lenguas románicas, tampoco se plantea tan sumamente mala.
Pero sigo nerviosa. Más que los chicles que rasgo dentro de mi boca, lo que estoy masticando son las palabras que debería decir pero que no digo porque como en aquella canción de Astrud "claro que me importas, por eso no me importas”. Lo que no puedo o debo decir, se supone, es en qué medida importa, ni qué va a ocurrir, ni nada de todo esto que sucede entre adultos honestos con ellos y con el prójimo que se aclaran a la hora de hablar de terceros pero que una vez les toca a ellos, parecen encontrarse con un montón de cosas que no deberían o no pueden decir. Me estoy perdiendo en mis propias frases, en mis propias noches, en mis propias espirales, y hace calor, y estoy pensando en cambiar a estas alturas de la tarde el título de mi trabajo, aunque seguirá versando sobre interdicciones.
No sé cómo explicarlo, y de hecho no es ni de lejos el único ejemplo que tengo de ello (recuerdo puestas de sol en la pasarela del metro, mañanas frescas de tender ropa frente a la ventana donde cantan los pájaros, noches de asomarse a azoteas de vértigo sobre los neones. Pero aquella mañana de octubre, cuando me quedaban muy pocos días para regresar (uno de los cuales, el último, derramaría en la cama), me fui yo sola a tomar el metro sin un destino fijado. No era la primera vez que lo hacía, alguna tarde, por ejemplo, en el Antiguo Observatorio; pero aquella vez salí yo sola, desde bien temprano, y disfruté del sol y de ese azul imposible que recordaba que hacía pocos días habían disparado al cielo, me senté a comer en un parque al que llegué después de una caminata de media hora atravesando una avenida de color rojo de teja, amarillo de oro antiguo y gris de mañana rutinaria, y recorrí los jardines, las pagodas y las travesías cubiertas, y cuando alcancé los puentes que cruzaban el lago artificial, mi mirada abarcó todos aquellos cafés, las rickshas de turistas gritones, y los hutongs, y los gatos enormes que disfrutaban de ese sol que por una vez no era pequeño ni rojo. Y fue entonces, aquella tarde, acodada en uno de los puentes de la zona de los tres lagos, muy cerca de la Ciudad Prohibida y a dos pasos de un entramado de callejas donde bullía un hormiguero de expatriados casi más locos que yo, cuando sentí que aquella frase tan manida de el hogar no es un sitio, es un estado de ánimo, cobraba sentido: y supe que quería quedarme allí no ya un mes, sino varios, hasta que cobrara sentido también el revuelo de tonos con que se dirigían a mí y del que apenas podía extraer una o dos palabras, pero sin llegar a entender las conversaciones vertiginosas a mi alrededor, que nunca se necesitan. Y por eso solicito la beca: para volver a lo que he llamado hogar casi más veces que a mi ciudad de nacimiento.
A lo mejor me estoy pasando con esto de buscar paralelismos pero me parece que por muy posmodernos que nos creamos, seguimos apegados a los ritos de paso y a las celebraciones ancestrales con sus dones, sus intercambios y sus tránsitos. El jueves fue el delirio carnavalesco y la deliciosa pérdida de conciencia que supone una fiesta universitaria que invierte los papeles (o directamente nos hace perderlos): profesores con vasos de litro en la mano, el decano subido a un escenario marcándose un rock & roll y un séquito de sátiros y ménades con vaqueros y deportivas manchados de barro atronando los pasillos de una facultad que cuenta con quinientos años de historia. Para algunos, un ritual iniciático, para otros, ya una tradición que mejora con los años.
Al día siguiente, obviando desperfectos que pasan por una resaca general y solidaria, volvimos a las formas: trajes, corbatas, vestidos vaporosos, peinados de cóctel, sombreros, prendedores, carmín y perfumes. Muy cerca del artesonado de madera del techo, que es donde dejan estar a los que no son familiares de los graduandos, nos asomamos al paraninfo, donde parece increíble que hace medio milenio los estudiantes se examinaran (en latín, en griego, en romance). Y ahí están. Conocía a muchos de los que estaban a punto de recibir una banda azul y un diploma, y me pellizcó la nostalgia. Más o menos nerviosos pero emocionados y sonrientes, todos parecían tener la conciencia clara de estar terminando algo que empezaron con ilusión hacía cinco (o más) años que, seguro, han pasado demasiado deprisa.
De la lectura de los discursos de alumnos escogidos (prolijo en referencias y cuidado en palabras el uno, cómplice y asertivo el otro) se pasó a la de los profesores, que recordaron aquellos primeros días de un primer curso que no parecía tan lejano. Para muchos empieza otra etapa y algunos no volverán a pisar la ciudad. Les veo irse, elegantes, charlando con doctores y catedráticos, rumbo a sus respectivos futuros. Intento no pensar en los cafés que les debo ni en todo lo que no he hablado con ellos y que estaría más o menos relacionado con la metaliteratura, ni en los que se marcharán el año que viene (ni en que a mí también se me va a acabar el tinglado), sino en los que vienen después y que han elegido la filología aunque ahora maquillen esa palabra que parece proscrita con el compuesto genérico Estudios Hispánicos. En los que un día, después de una jornada dionisiaca, bajarán unas escaleras que llevan siglos aguantándonos para recibir el galardón con su nombre que concluya la que todo el mundo llama, con la seguridad que da la madurez y la nostalgia de la lozanía, la mejor época de su vida.
Hubo un tiempo en el que yo me quejaba de los que desenvolvían caramelos en los pianissimos de los conciertos. Ya no lo hago, al menos no tan frecuentemente, pero creo que no es necesario que diga que me sigue molestando, igual que me molesta que la gente coma en el cine (gracias al doblaje y a los precios, voy ahorrándome cine y quejas), que lleve chanclas de piscina por las calles del Madrid canicular, que dos señoras (o señores, a veces no distingo) me taponen las aceras o que una familia gritona cargada de bolsas dirima media hora la forma de pagar la compra seudocultural de la semana. Por ejemplo.
Y, si te dedicas a ello con la soltura que dan las novelas y la mala baba que dan los años y la cierta predisposición burguesa a buscarle tres pies al gato de Angora, puede que hasta le caigas en gracia a un periódico que te pague por soltar dardos semanales a los que no dejan fumar en el restaurante donde te trataban por el nombre (que por cierto debe de ser el único que tiene cojones a atreverse con la ley), a los terroristas del bue gusto que muestran al mundo el torso peludo y sudoroso o a ese genérico de los ruidos nocturnos, que incluyen cuadrillas de limpieza, botelloneros, parejas exhibicionistas, borrachos o procesiones.
Hubo un tiempo en el que a mí me hacía gracia leer (y escribir) casi exclusivamente sobre lo que me cabreaba de
Hace mucho que no escribo espumarajos de bilis (de hecho, hace mucho que no escribo, en general). Pero cuando leo cómo se quejan otros, aunque al resto del mundo le haga más o menos gracia la ponzoña que sueltan por esa boca, no puedo evitar imaginarme toda la que se dejan dentro. Y me pregunto si ese caramelo era tan sumamente importante para el curso de nuestras vidas.