lunes, 26 de julio de 2010

Leila y los Ruidos

Así imagina Leila Amat Ruidos I.

Más de sus disparos imposibles aquí y aquí.

Sí, yo también me pregunto where is my mind? o Tres noches de luces de neón

(Crónica a frases cortitas descriptivas, con mucho infinitivo/imperativo y retazos -bonita palabra- de canciones, que es lo que se lleva ahora):

Llegar a las dos y pico justo para ver a L.A., Evening love (I don't wanna leave this room anymore). La playa, de noche, sin bañador ni toalla ni crema del cincuenta. Quién quiere cenar cuando se ha evaporado ya una botella de rosado y dentro de diez minutos tocan Raveonettes. Algunas plantas experience, Heart of stone (rozar el cielo, de paso). Bailar con Los Coronas, sola, tumbarse a mirar estrellas en medio del concierto de los Leadings. Cazar una visera de los Dirty Surf (tocan con máscaras de lucha libre, hacen estallar un monitor de cartón en confeti), corearle la letra al émulo de Ian Curtis que lidera los Dirty Socks, coronar las escaleras de la plaza, directo, a segunda fila. Luces de neón, (joder, qué elegancia), alta fidelidad (todo esto es por culpa de la gente). Y si nuestro mundo acaba es porque tenía ese final. Y entonces llegan ellos. Luces. Blanco. Placebo: arrived. Chicos y chicas, pendehos y pendehas y entonces nos volvemos todos locos o en realidad siempre lo estuvimos y nunca nos dimos cuenta. Y saltos, saltos hasta alcanzar el maldito cielo. Y quedarse allí. Allí, allí, y 1990's y The Chemistry Set y... joder, I don't wanna leave this room anymore. Asómate a la ventana (más que nada, porque no hay balcón), qué bien te queda, Solange. Amargor. Abro los ojos. Madrid. With your feet in the air and your head on the ground.

A lo mejor, lo soñé todo.

martes, 20 de julio de 2010

Ruidos (I)


Ya están otra vez. Los golpes y los quejidos del somier atraviesan las paredes aunque se interponga el colchón de música y los gemidos ahogados se cuelan como las notas falsas de una guitarra. Le tengo dicho que se cambie al látex, pero nunca me hace caso y ahí sigue, con los muelles viejos, manchado y roto, aguantando lo que le caiga.
Siempre igual, desde que nos independizamos, juntos como cuando éramos niños y jugábamos a cazar lagartijas o gatos callejeros. Él asestaba el golpe y yo recogía los cuerpos. Él ensucia y yo recojo. Y ahora, no sé cómo se las apaña pero siempre termino fregando los platos y agachándome a por las pelusas.
Grita. Ella grita. Intervalos cortos, como vagidos de animal acorralado. A él le gusta que griten un poco, al final. Nunca he conseguido entender por qué, pero sólo las deja gritar al final y todas lo acaban haciendo y eso sí no hay música que lo amortigüe.
Nunca las veo entrar. Sólo me deja después, cuando entra al baño a lavarse primero las manos y a darse una ducha que me deja sin agua caliente para las siguientes dos horas. Es preciosa. Eres preciosa, le digo cuando entro. Hay que reconocer que tiene buen gusto, el cabrón, aunque haya que ser como él para conseguirlas. O ser amigo de alguien como él. No me importa fregar los platos si después puedo recoger cuerpos como éste. Es preciosa hasta con la mordaza en la garganta. Él me conoce y sabe que no me gusta tanto que griten, ni al principio ni al final. A mí me gusta que se quede así, quieta, mirando cómo me desabrocho el cinturón, cómo me bajo la cremallera y empiezo a masturbarme ante sus ojos de miedo y rímel corrido.
Me gusta que los cierre como una presa malherida por un cepo.


lunes, 19 de julio de 2010

Exhalación

-Bueno, no me has dicho qué te parece.

-¿Con sinceridad?

-Toda la que no te dejan.

-Pues una puta mierda. Incoherente. Inverosímil. Manda el pacto de ficción a donde yo te diga. A los personajes se les ve venir desde la primera frase. El argumento lo he visto cien veces y leído otras cien. La trama no se sostiene y las situaciones son ridículas o dan pena, o todo a la vez, no sé.

-Ya. Qué quieres.

-Bueno, venga, que me disperso. Vamos a comentar el texto y ya dejamos la vida para otro rato.

miércoles, 14 de julio de 2010

Poco más que añadir I

“Todos tenemos un momento, nuestro momento, ese momento en que la flor se abre y todo cobra sentido, y después se va, y ya está, es como una chispa, lo pillaste, lo cogiste al vuelo, o no, ésa era tu elección, y luego ya no te queda más que esperar a morirte, como una imbécil”

Blanca Riestra, La noche sucks.

lunes, 12 de julio de 2010

Los cursos de verano y los actos subversivos

A lo mejor soy yo, que cada vez me vuelvo más quisquillosa. O si simplemente exijo demasiado, aunque por otra parte es lo que toca con la insolencia de los veintiún años. Pero no me gusta que me tomen el pelo. Y me parece que, tres años después, el nivel de cierto curso de verano de literatura ha ido bajando paulatinamente hasta el de club de lectura de señoras, con sus pastitas de té y sus cinco clases de azúcar.

Que conste que no tengo nada en contra de los clubes de lectoras y lectores, más que nada porque soy una adicta al café en buena compañía y un abanico de autores mientras se intercalan fragmentos de vida que en la ficción resulta más fácil afrontar. Pero no pago como he pagado por un ciclo de conferencias presuntamente impartido por presuntos expertos en literatura, supuestamente concebido para profundizar en la materia para los cuatro que nos interesamos y que, de paso, nos enfrentamos como pavos reales (Nocilla sí, Nocilla no) en la cafetería: he apuntado más nombres en esos ratos de descanso que durante las ponencias.

Y repito que no sé si soy yo que me estoy volviendo una repelente o si siempre lo he sido y últimamente lo estoy demostrando más que de costumbre. Pero ya resulta sospechoso que en un curso sobre literatura contemporánea se vuelva a los mismos de siempre como si no hubiera otros, como si no hubiera más, como si después de Machado, Miguel Hernández y Salinas se hubiera acabado la literatura.

No voy a hablar del resto de los ponentes, porque son conocidos y a muchos les hará gracia que uno de ellos se sobara con la boca abierta en la tarima mientras su mejor amigo hablaba (bastante bien, por cierto; de los mejores, por cierto) de Lezama Lima y los fragmentos más calientes de Paradiso.

Tampoco voy a extenderme en la mención de una conferencia que consistió en el comentario de una lista de las novedades de Anagrama, Alfaguara y Seix Barral, de la que se procedió a tachar los best-seller cursis y los papeluchos sin interés y a subrayar las novelas que molan. Que la conferencia versara sobre última narrativa supuso el único momento en que a alguien le importaron un carajo los títulos.

El caso es que, como prefiero la soberbia a la complacencia, terminé saliendo de la sala. Y no fui la única.

No voy a decir ahora por qué. Más que nada, porque uno de los organizadores del curso nos pidió que redactásemos una crítica personal y sincera de cada conferencia. Algo me dice que me voy a divertir. Que a fin de cuentas, de eso se trata. Juguemos a que nos ardan las yemas de los dedos, que estamos en la edad y pocas veces se nos nota por ese empeño inútil de ascender al Parnaso de esos académicos que creen que ahora no hay literatura.

miércoles, 7 de julio de 2010

Juegos de niños


Seguramente no recuerdes todas las veces que bajaste al parque a jugar cuando eras un crío y los dias eran una línea continua de la que no te dejaban salirte ni cuando coloreabas. Pero a lo mejor recuerdas aquella noche de verano que nadaste desnudo en la piscina. O aquel día que casi te dejas media boca en el tobogán. O seguramente te recuerdes apretando los dientes en un estoico esfuerzo por aguantar el dolor ante la sangre chillona de la grava y el cemento.
Somos en gran medida lo que leímos de niños, y con esas lecturas, funcionamos más o menos así. Empecé a leer por imitatio y por acicate; y no soy capaz de recordar todos los libros, más o menos edulcorados, que serían mi base y que hoy son una parte de mi memoria.
Uno va creciendo, a veces incluso madura. Y cuando hablas con la gente, sobre todo si salen a relucir tus aficiones (“yo es que de pequeño leía mucho, pero.”), te das cuenta cuántos no pasaron de aquel parque.
Juegas. Lees. Tranquilo, feliz, despreocupado. Crees que las cosas seguirán así siempre, poco a poco y sin que te percates del todo, vas dejando de ir al parque. Pero estarán siempre aquellos días de goce, de miedo, de fascinación con algo o con alguien, de sorpresa, de enfado ciego y rabioso, de pena honda y de algo que más tarde llamarás melancolía. Y con cicatrices viejas en las rodillas y con una especial habilidad para poner las manos como escudo al perder el equilibrio, te vas; y no lo sabes aún pero si algún día vuelves, todo será irremediablemente más pequeño.
Y palpitan las lecturas como permanecen cálidos y vivos el día de la gran pelea o el día que coronaste el castillo de cuerdas al que daba tanto miedo subir. Y viste todo desde lo alto y te pareció fácil. Quizá, demasiado fácil.
Escribo por una época en que los referentes de nuestros padres, aquellos libros de aventuras de Stevenson, Verne o Salgari, ya estaban sacralizados como clásicos y el mercado editorial se daba cuenta de que podía manejarnos en un terreno seguro, atractivo, excluyente. Acotó los parques con vallas de colores y nos presentaron colecciones de títulos meditados que en su mayoría no volveríamos a mirar.
Pero yo sigo recordando Las brujas de Roald Dahl como una de las historias más deliciosas y perversas de mi niñez. Me acuerdo de la hija adolescente de La extraña familia Mennym colocándose unas gafas de sol sobre la piel de trapo para que nadie apreciara sus ojos de botón. Me acuerdo de Coraline atravesando el túnel, de Alicia cayendo por la madriguera (y de la forma tan distinta que tuvo de caer muchos años después), de Blanca y Aglaia y su día a día en lo alto de un árbol, de Rudiger y de Anna la Valiente y de Atreyu escuchando la voz de Uyulala y de todos los líos de dioses de mitologías remotas donde siempre moría alguien, y las punzadas de placer perverso de los cuentos tradicionales antes de que los amordazaran con confitura de cerezas. Y los mutantes de cómic que me daban ganas de poner los ojos en blanco y desatar una tormenta. Y también ella, AeShaettr, Lyra Lenguadeplata, dispuesta a fundar la República del Cielo y de paso, la leyenda de una heroína atípica y fiera como un gato montés. Y Harry Potter descubriendo aquel colegio donde yo hubiera dado un dedo por que me admitieran.
Porque sí, jugamos al nivel de lo sesudo y el mayor laberinto lingüístico nos parece un reto más placentero cuanto más intrincado. Pero parte de la culpa la tiene B.B.B., por robar aquel libro y habernos mantenido con los ojos enrojecidos durante más tiempo del que podíamos contar, y fuera caía la tarde pero, dentro, Perelín, la selva nocturna, germinaba. Y no lo sabíamos pero ya no había remedio posible.
Por mi parte, sólo puedo agradecerlo.

domingo, 4 de julio de 2010

English summer rain

Ayer llegué a Madrid después de un viaje en tren de ocho horas con retraso acumulado que me permitieron disfrutar más de lo que esperaba de la variedad del paisaje castellano, la agradable temperatura del vagón y la proverbial comodidad de los asientos de clase turista compartidos con peregrinos que olían a botafumeiro poco potente.

Me había pasado los últimos cinco días en un curso de inglés en A Coruña, aunque de la ciudad reconozco que he visto poco: las calles por las que me llevó el taxi, la playa de Riazor con su fauna agitándose al viento, los lugares señalados por cuyos alrededores nos aflojaron las correas el jueves y los garitos de la zona party animal.

Reconozco que no ha estado del todo mal. Galicia bien, gracias, como siempre. Hay pocos momentos de mi vida en los que pueda decir que me siento en casa, y uno de ellos es cuando llueve ligero en Santiago, quizá por mi tocaya la de las Follas novas, quizá porque mi palabra favorita es saudade, quizá porque simplemente me puede la mitomanía.

Cursiladas pretendidamente literarias aparte, he descubierto que no he olvidado todo mi inglés, que cuando me pongo soy capaz de enrollarme media hora sobre cualquier tema aunque no tenga ni idea de éste y que hasta a los irlandeses se les puede pegar el acento.

En el escaso tiempo de que disponíamos entre el variado y excelente rancho compuesto de fritanga industrial varia sustituible por una bandejita de verduras cocidas cuando te atrevías a llamarte vegetariana (en una forma de simplificar persona que no quiere que revienten sus venas), me dio por pensar en la forma en que nos enseñan el inglés en este país. De acuerdo que es una forma pésima, que la mejor manera de aprender una lengua es hablándola, que a partir de los trece años la dificultad para adquirirla se multiplica por diez y que hay un vacío generalizado de profesorado nativo. Reconozco que es difícil, y si a eso le sumamos el interés de los alumnos, incluso en las academias particulares en las que por trescientos euros al mes la gente se dedica a jugar a los barcos, no es de extrañar que nuestra pronunciación sea de vergüenza ajena.

Por eso, lo más habitual es llegar a la universidad y no tener ni putísima idea de la tercera condicional, que no es algo que se use mucho pero oye, que viene bien sabérsela.

Y llegamos a este tipo de cursos, intensivos, grupos de tres y cuatro alumnos por clase con profesores británicos, irlandeses y escoceses con muy buena voluntad que, después de la cantidad de presentaciones, listas de palabras y demás trabajo en grupo con que te han tenido pegado a la silla desde las nueve de la mañana hasta pasada la medianoche, te piden que hagas un pequeño teatro para poner en práctica el vocabulario aprendido o que escenifiques un crimen que previamente has tenido que redactar en pasiva.

He aprendido un poco más que todo eso, pero sienta bastante mal que organicen jueguecitos del tipo "quien se equivoca con una palabra tiene que hacer una prueba": me siento como si tuviera trece años, pero sé que no tengo la facilidad que entonces para aprender una lengua en la que, en general hemos desperdiciado demasiado el tiempo. Más que nada, por no hacer el cafre fuera de casa, que es lo que lamentablemente terminamos haciendo. Tengo la esperanza de que todo esto cambie, pero hasta entonces, parece que lo único que pueden ofrecernos para paliarlo a los que no gozamos de esa enseñanza bilingüe que están implantando con bombo, platillo y vuvuzela es meterse en la piel de un médico nerviosito en su primer día de trabajo que le pregunta a su paciente qué le duele. A mí, la cabeza, un poco. Y el orgullo, también.

jueves, 24 de junio de 2010

De simulacros y ficciones

Hacía mucho que no me pasaba por aquí. No es que la avalancha de comentarios me haya provocado una crisis de éxito: sigo escribiendo. Eso sí, cada vez parece que me importa menos publicar en un blog cada cosa que hago. No estoy orgullosa, no noto que vaya a ninguna parte; sigo disfrutando con ello aunque nunca sea ni un tercio de lo que me gustaría y empiezo mil proyectos que espero poner en marcha y echar a rodar cuando tenga tiempo, es decir, dentro de un par de nuncas, pero también se disfruta hablando de ellos: quién sabe, puede que algún día y por variar me salga bien la jugada.

Mientras, he acabado los exámenes, tercero de carrera y primer ciclo de algo que escogí porque cuando era una adolescente recalcitrante me obligaron a plantearme qué era lo que más me gustaba en la vida. Y mientras, ha vuelto el calor, valiente insensato. Voy a la biblioteca y me preparo los suministros, voy al teatro y critico después texto, escenografía y lo que haga falta; voy a conciertos y me enamoro de algún batería de jazz; me reconcilio con las noches de verano y hasta me están entrando ganas de jugar con fuego. Visto así, parece una vida de novelita fácil, de digestión ligera, una novelita de verano. Y casi lo prefiero, porque desde hace algún tiempo me decanto más por los personajes de ficción.

Me explico: a veces, y que nadie me pregunte por qué pero especialmente cuando estoy entre amigos y hace viento, preferiría algo más que redes sociales, virtuales o humanas, que cada vez parece que se están acercando más y algún día una devorará a la otra (personalmente no tengo favorita). En ese momento prefiero callarme, ser espectadora, como tantas otras veces, con el mismo interés con el que, me van a perdonar, seguiría un partido del Mundial.

Nos miro. Somos universitarios, aunque eso cada vez signifique menos. Algunos podemos ostentar el dudoso orgullo de ser los últimos incomprendidos de un plan lectivo donde figuran en mayúsculas premonitorios A EXTINGUIR, aunque eso tampoco signifique gran cosa.

Aparte de eso, podemos enorgullecernos puerilmente de ser, con muchas comillas, distintos. En algún momento hicimos a alguien enarcar las cejas por nuestra forma de vestir. Vimos o quisimos ver películas que nadie había siquiera oído hablar. Leímos cosas que hacían enrojecer a las señoras en el metro y que nuestros compañeros de clase, pobres incultos, no conocerían jamás. Fuimos al teatro y no pudimos contárselo a nadie y nos callamos como putas la sensación del orgasmo de madera en las fotografías de Man Ray. Y nos sentimos especiales, diferentes, raros, por todo ello, aunque, insisto, no signifique gran cosa para nadie ni sirva demasiado, que a fin de cuentas aquí estamos para servir.

Pero eso fue antes. Antes de entrar a la universidad y darnos cuenta de que había más gente como nosotros. Menos de la que esperábamos. Pero ahí estaban, para arreglar el mundo o para prestar un libro, que a veces es también arreglarnos el mundo.

Y como la maldición de los ex-novios (sí, lo has dejado con ellos pero sigues hablando de ellos), se da a veces (y no sé por qué, pero suele ser cuando hace viento, encima), nosotros, los culturetas universitarios orgullosos de nuestros ombligos, preferimos hablar de las vidas del equivalente de esos zoquetes de antes. En cuanto a los personajes de ficción... bueno, como ejemplo de Ni-Ni me quedo con Holden Caufield, que me carga menos las tintas. Que sean reales o no... bueno, señores, no voy a dirimir sobre qué vida es más real o más plena, porque tendría que empezar por la mía y no sé si me gustaría el resultado. Pero por favor, vamos a hablar de Holden Caufield y de otros de su calaña. Sólo hoy, sólo esta noche, aunque sólo sea porque hace viento.

sábado, 12 de junio de 2010

Gafas de pasta (de mejor vista)

Entonces, el hombre barbudo y cojitranco que había negado con la cabeza tras los aplausos y las risas complacientes me tendió solemnemente las gafas desplegadas como si se dispusiera a coronarme.

Lo primero que vi fueron barrotes. Las paredes de rojo Bohemia se habían vuelto rejas de hierro al frío de la noche, pero no lo noté por el hedor caliente que emanaba de los cuerpos de los simios.

Me sujeté las gafas como si quisiera incrustarme las patillas en las sienes para que no se me escapara ni un detalle y allá donde mirara veía monos de todas clases, monos que chillaban y que fumaban en farsa con pipas y cigarros de juguete entre los labios arrugados, mandriles que exhibían y frotaban los culos a otros mandriles, chimpancés que se masturbaban afanosos o que sonreían con servilismo o con amenaza o con ambas pero desde luego no con alegría o amabilidad, si es que existe la amabilidad para ellos; simios que se empapaban el pelaje de zumo pegajoso o se entregaban a la cópula o se despiojaban unos a otros. Y todo ese ruido, el interminable chillido coral, la polifonía estridente que retumbaba en los barrotes. Me tapé los oídos, presionando con la cara interna de los dedos las patillas en la carne. Un poco más allá, dos monos habían empezado a retarse con el pelaje erizado y muecas de infierno en los rostros.

Sácame de aquí, le digo, por favor, y me quito las gafas y me froto los ojos hasta que logro dar con la puerta. Cuesta respirar: los fines de semana abren el micrófono en el bar de los poetas, y siempre se llena.

domingo, 6 de junio de 2010

Late aún

Fue ella la que ordenó que lo arrancaran.

Allí estará, lo sé, colgado de un gancho sobre el tálamo. Él no quería hacerlo. Incluso pasó por su cabeza la idea de usar el de un cervato. Por eso, preferí hacerlo yo. Aquella mañana de invierno en que nos encontramos, su ballesta frente a mi cuerpo frío casi desnudo en la nieve, le sonreí. Yo me abrí el pecho , horadé mi carne, sentí los regueros de sangre empapando mis harapos y removí las venas con las uñas para terminar arrancando la víscera como quien recoge fruta preciada de unas zarzas. Se lo tendí a aquel hombretón paralizado y parecía que era la primera vez que lo veía, tan cerca. Lo sostuve mucho tiempo, aprisionando el latido con el cepo de mis dedos, mientras resbalaban las gotas de sangre y abrían cráteres tibios en la nieve, hasta que se decidiera a abrir la zamarra. Me di la vuelta y me alejé renqueante, al bosque donde vivo y donde espero.

Desde que el cazador llegase al galope al castillo, sé que ella lo estará manteniendo allí, como un presagio, sobre la cama.

Y sé que está muerta de miedo. Porque sabe que sigo viva. Y es que día tras día se lo recuerdan las gotas de sangre que a cada latido se vierten sobre la almohada, sin dejarle un instante de descanso. Y yo no tengo ninguna prisa.

sábado, 5 de junio de 2010

Lo que no se puede decir

Debería estar haciendo un trabajo sobre interdicción lingüística. Pero es que ya estoy un poco harta de todas esas cosas que no se deben o no se pueden decir. Estoy nerviosa, también: el lunes sólo quedarán un trabajo y un examen más para pasar el ecuador de la carrera.

Y cuando estoy nerviosa mastico chicles y los desecho a los dos minutos, así que mejor no preguntarse qué pasaría si fumara o si me mordiera las uñas: la respuesta está en mis pulgares y en todos esos envoltorios arrugados.

Se trata un poco de todo, claro, nunca es una sola cosa lo que hace que te vayas reduciendo los pulgares como quien ralla patatas. En apariencia, todo va bien, claro, nunca parece que las cosas vayan mal cuando las piensas deternidamente y las comparas con la situación de otros a los que les va mucho peor que a ti. Además, estoy de exámenes, pero no lo parece. De hecho tampoco parece que haya estudiado este año aunque me haya metido entre pecho y espalda un tercero con sus optativas y sus exposiciones de literatura contemporánea. Tampoco me he aburrido, tampoco he dejado de aprender y sí, he tenido momentos en los que no sabía muy bien quién coño era pero no me entraron ganas de suicidarme (ya es un paso, será que me hago mayor para el malditismo).

Y la tarde, a pesar de los gaiteros que ahora mismo ensayan sin que yo me explique muy bien por qué justo debajo de mi ventana, haciéndome odiar los trajes regionales, las tradiciones y hasta si me apuran las lenguas románicas, tampoco se plantea tan sumamente mala.

Pero sigo nerviosa. Más que los chicles que rasgo dentro de mi boca, lo que estoy masticando son las palabras que debería decir pero que no digo porque como en aquella canción de Astrud "claro que me importas, por eso no me importas”. Lo que no puedo o debo decir, se supone, es en qué medida importa, ni qué va a ocurrir, ni nada de todo esto que sucede entre adultos honestos con ellos y con el prójimo que se aclaran a la hora de hablar de terceros pero que una vez les toca a ellos, parecen encontrarse con un montón de cosas que no deberían o no pueden decir. Me estoy perdiendo en mis propias frases, en mis propias noches, en mis propias espirales, y hace calor, y estoy pensando en cambiar a estas alturas de la tarde el título de mi trabajo, aunque seguirá versando sobre interdicciones.

martes, 25 de mayo de 2010

Son sólo días

Hay días jodidos. O días raros. No son exactamente malos, porque son necesarios para apreciar los otros. Pero el caso es que ahí están.

Te levantas después de haber dormido a treguas, y después del repaso inútil de las nueve y del examen cuya entrega te da un respiro de varios días hasta lo siguiente con lo que nos tienen ocupados y quejosos, no lo sabes aún pero resulta que lo mejor del día va a ser la noche que te vas a pasar pateando calles con los cascos puestos y cara de videoclip.

Porque no es bueno estar tranquilamente tumbada pongamos en un banco o una losa del patio de la facultad, escuchando pongamos My Bloody Valentine, o algo así de alegre, mientras devoras las últimas páginas de Fantasmas y buscas el sol con la barbilla; y que de repente, se te ocurra preguntarte (después de dsquitarte en la ficción con los que tocan las narices en la realidad) a dónde estamos yendo, si los del penúltimo curso de licenciatura no seremos a fin de cuentas un invitado incómodo que nadie quiere en su mesa y por eso nos espacian los exámenes, nos recluyen en aulas de tamaño y hechura de trasteros y nos adecuan los contenidos a poco más que hacer la O con un canuto y comentarlo después con los compañeros (que es importante el trabajo en equipo) en inglés y/o con apoyo de Power Point.

Y que por mucho que te reviente esa actitud literaria y malditista del yo contra el mundo, resulta que hay veces que sí que necesitas hablar, tú que te pintas los labios de color femme fatale, cruzar referencias cómplices y recrearte con alguien en los ambientes y los colores del cine que se palpa y se lee y se paladea, y no sentir que eres poco menos que la prima rara del Quijote y que te estás encabronando (y hasta tragándote las ganas de llorar) en ese banco sin motivo alguno.

sábado, 15 de mayo de 2010

Documentación a presentar o con lo que no me atrevo a justificar el interés por una beca

No sé cómo explicarlo, y de hecho no es ni de lejos el único ejemplo que tengo de ello (recuerdo puestas de sol en la pasarela del metro, mañanas frescas de tender ropa frente a la ventana donde cantan los pájaros, noches de asomarse a azoteas de vértigo sobre los neones. Pero aquella mañana de octubre, cuando me quedaban muy pocos días para regresar (uno de los cuales, el último, derramaría en la cama), me fui yo sola a tomar el metro sin un destino fijado. No era la primera vez que lo hacía, alguna tarde, por ejemplo, en el Antiguo Observatorio; pero aquella vez salí yo sola, desde bien temprano, y disfruté del sol y de ese azul imposible que recordaba que hacía pocos días habían disparado al cielo, me senté a comer en un parque al que llegué después de una caminata de media hora atravesando una avenida de color rojo de teja, amarillo de oro antiguo y gris de mañana rutinaria, y recorrí los jardines, las pagodas y las travesías cubiertas, y cuando alcancé los puentes que cruzaban el lago artificial, mi mirada abarcó todos aquellos cafés, las rickshas de turistas gritones, y los hutongs, y los gatos enormes que disfrutaban de ese sol que por una vez no era pequeño ni rojo. Y fue entonces, aquella tarde, acodada en uno de los puentes de la zona de los tres lagos, muy cerca de la Ciudad Prohibida y a dos pasos de un entramado de callejas donde bullía un hormiguero de expatriados casi más locos que yo, cuando sentí que aquella frase tan manida de el hogar no es un sitio, es un estado de ánimo, cobraba sentido: y supe que quería quedarme allí no ya un mes, sino varios, hasta que cobrara sentido también el revuelo de tonos con que se dirigían a mí y del que apenas podía extraer una o dos palabras, pero sin llegar a entender las conversaciones vertiginosas a mi alrededor, que nunca se necesitan. Y por eso solicito la beca: para volver a lo que he llamado hogar casi más veces que a mi ciudad de nacimiento.

lunes, 3 de mayo de 2010

Y que se ponga a llover ahora

Qué rabia, pensar que no hay nadie ahí arriba, en algún punto tras los nubarrones grises que encuadran uno de esos días en que la noción de estar de paso se vuelve tan contundente como una palada de tierra sucia. Y al menos, tendría razón de ser si levanto la cabeza y grito encarándome a la lluvia que es un hijo de la grandísima puta.

jueves, 29 de abril de 2010

Elijo por título

El otro día me terminé esa novela con la que volví locos a los libreros cuando, movida por la curiosidad de los títulos raros, me dediqué a su búsqueda hasta que las caras de estupor me hicieron desistir.

Hace varias semanas la encontré, cómo no, en Anagrama (parece que me pagan por hacerles publicidad, aunque no la necesiten). Es una novela, una novelita escrita a cuatro manos por los que entonces eran unos don nadies que dejaban pasar la vida entre farras, barcos que nunca alcanzaban a zarpar y botellas robadas de Canadian Club. Entonces uno de los colegas con los que se juntan, un casi adolescente rimbaudiano, se carga a otro y se lo cuenta.

Y en clave de ficción los dos don nadies se pusieron a escribir un poco como quien juega Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques.

No la elegí precisamente por calidad literaria, aunque le sobre. Y la he disfrutado porque fue escrita por dos amigos que no se habían comido aún un rosco en el terreno literario, por dos jovenzuelos que veían pasar la vida muy deprisa cuando se despertaban con resaca de alcohol y de morfina y demasiado tarde para embarcarse; y que me recuerda en ocasiones a ese procrastinar eterno de una generación que no va a llamarse de ninguna forma y que parece abocada a la abulia y la rutina.

Sólo que hoy, algo como Y los hipopótamos... no puede darse, porque nadie se guarda, durante tantos años, un escrito así, aunque no tenga la mitad de literatura que este híbrido capitulado a cuatro manos donde Tennison y Ryko son los disfraces de los encumbrados niños de papá, esos Kerouac y Burroughs antes de que escribieran cualquier otra cosa, antes de que sus otros personajes, el viajero y el yonqui, les sustituyeran en los libros de literatura y en la crítica cultural.

sábado, 24 de abril de 2010

Hoy también se puede leer

No sé muy bien si lo del Día del Libro es una celebración o una reivindicación, y más con la que está cayendo en el mercado editorial aunque luego haya según qué productos que funcionan tan sumamente bien. Pero no me voy a meter con los best-sellers que añaden volumen a la carne de Metro, porque tienen su función y la cumplen perfectamente, sobre todo la de ser objeto de críticas y de condescendencias en las reuniones de proyectos de intelectuales venidos a más.

Sin que tenga mucho que ver, entregaron el premio Cervantes, del cual en el ambigú celebrado anoche habían leído algo suyo dos o tres personas y probablemente el año que viene, tristemente, nadie se acordará del poeta mexicano. Pero para eso estaban los amigos, los actores y los poetas para leerle (a él, al premio Cervantes del año anterior, a otros muchos) y ocuparse de horadar esa huella que dejan las experiencias literarias intensas y que hacen que recuerdes esa novela, ese capítulo, ese poema, con una sonrisa agridulce o una mirada perdida entre nubes de ficciones.

En fin, que esto es una entrada, sobre todo, autocomplaciente, y es que la carne es débil y ya echaba en falta poner de cara a la galería lo negro sobre blanco que voy masticando a lo largo de los meses. Puedo ir cambiando de referencias y de registros a la hora de hablar de esto, pero al final siempre me quedaré con unos pocos libros y la sensación tan extraña de anagnórisis que dejan cuando los vas avanzando.

Ahora vendría la parte de los agradecimientos a escritores que no van a leer esto en la vida y que solamente serviría para mostrar al mundo una lista de lecturas muy semejante a la del supermercado, así que prefiero dirigirme al que me recomendó hace ya tanto El almuerzo desnudo, al que me habló de Bolaño por primera vez, al que me dijo que Neuromancer era una novela increíble, al que me mencionó a Amis y a Hornby, a quien metió a Houellebecq en alguna conversación, al que me redescubrió a Welsh o a quien coló a Adrian Tomine en una mañana de sueño. Entre muchos otros. Gracias a todos, por la parte que os toca.

Estamos a 24, y será que no me la merezco, porque todavía no me han regalado ni una rosa. Eso sí, yo ya me he apuntado un par de títulos para regalarme a mí misma. Y es que leer es un placer onanista poco comparable a nada. Disfruten.

sábado, 17 de abril de 2010

Rituales y nostalgias

A lo mejor me estoy pasando con esto de buscar paralelismos pero me parece que por muy posmodernos que nos creamos, seguimos apegados a los ritos de paso y a las celebraciones ancestrales con sus dones, sus intercambios y sus tránsitos. El jueves fue el delirio carnavalesco y la deliciosa pérdida de conciencia que supone una fiesta universitaria que invierte los papeles (o directamente nos hace perderlos): profesores con vasos de litro en la mano, el decano subido a un escenario marcándose un rock & roll y un séquito de sátiros y ménades con vaqueros y deportivas manchados de barro atronando los pasillos de una facultad que cuenta con quinientos años de historia. Para algunos, un ritual iniciático, para otros, ya una tradición que mejora con los años.

Al día siguiente, obviando desperfectos que pasan por una resaca general y solidaria, volvimos a las formas: trajes, corbatas, vestidos vaporosos, peinados de cóctel, sombreros, prendedores, carmín y perfumes. Muy cerca del artesonado de madera del techo, que es donde dejan estar a los que no son familiares de los graduandos, nos asomamos al paraninfo, donde parece increíble que hace medio milenio los estudiantes se examinaran (en latín, en griego, en romance). Y ahí están. Conocía a muchos de los que estaban a punto de recibir una banda azul y un diploma, y me pellizcó la nostalgia. Más o menos nerviosos pero emocionados y sonrientes, todos parecían tener la conciencia clara de estar terminando algo que empezaron con ilusión hacía cinco (o más) años que, seguro, han pasado demasiado deprisa.

De la lectura de los discursos de alumnos escogidos (prolijo en referencias y cuidado en palabras el uno, cómplice y asertivo el otro) se pasó a la de los profesores, que recordaron aquellos primeros días de un primer curso que no parecía tan lejano. Para muchos empieza otra etapa y algunos no volverán a pisar la ciudad. Les veo irse, elegantes, charlando con doctores y catedráticos, rumbo a sus respectivos futuros. Intento no pensar en los cafés que les debo ni en todo lo que no he hablado con ellos y que estaría más o menos relacionado con la metaliteratura, ni en los que se marcharán el año que viene (ni en que a mí también se me va a acabar el tinglado), sino en los que vienen después y que han elegido la filología aunque ahora maquillen esa palabra que parece proscrita con el compuesto genérico Estudios Hispánicos. En los que un día, después de una jornada dionisiaca, bajarán unas escaleras que llevan siglos aguantándonos para recibir el galardón con su nombre que concluya la que todo el mundo llama, con la seguridad que da la madurez y la nostalgia de la lozanía, la mejor época de su vida.

domingo, 11 de abril de 2010

Por qué me gusta la Nocilla y el café aguado

Ahora mismo debería estar reescribiendo un trabajo sobre la poesía postpoética de Agustín Fernández Mallo pero como para variar, estoy dispersa, me ha dado por pensar no en la cantidad de textos que tengo que ordenar y dotar de forma sino en las causas de que lo eligiera a él, el mutante, el nocillero, y no a otro de los que recoge la antología de poesía española reciente como Roger Wolfe, Ana Rosetti o Julio Martínez Mesanza (quisiera estar del lado de los otros, estremece un verso suyo, y reconozco que aunque no me guste o incluso y dependiendo del momento del día deteste la poesía española reciente, hay cosas que me llegan a eso que llaman el alma).

Fernández Mallo no parece tener que ver con nada de todo esto, sus versos (que son líneas) a veces son cualquier cosa menos versos, pero me llegan mucho más que cualquier perseguir ojos y cintura de un neorromántico, un sensista o un fanático del haiku. Sin embargo, cuando leo “Ahora yo ya sólo aspiro a las enumeraciones” en Carne de Píxel, me dan ganas de devorar toda la información o la informatina que reside en las páginas híbridas, mutantes, de ese poemario que es también teoría astrofísica.

Reconozco que al principio, cuando con esos experimentos de Profesor Bacterio (el calificativo tampoco es mío) consiguió colarse de lleno en el panorama literario y apropiarse de entrevistas y portadas de suplementos culturales, le tomé hasta manía. Después leí Nocilla Dream. Y podría hablar mucho de ella, pero bastante coñazo doy, en general, con lo que leo, además es probable que dentro de unos años o de unos meses reniegue de todo esto cuando vuelva a cambiarme las referencias. De momento, eso sí, prefiero Nocilla Experience, no sabría decir por qué, quizá porque no me cansa como el monólogo eterno de la primera parte de Nocilla Lab y porque me parece que culmina lo que apunta en Nocilla Dream: ese producto imposible que, como la Coca-Cola, sólo se parece a sí mismo. O algo así.

Habrá quien no le soporte, quien vea un bluff, quien no trague a este gallego que parece alimentarse de café solo y Lucky Strike, que habla con voz pausada de fractales, de chicles pintados en las aceras o del azar del parchís que rige este mundo. Lo que sí es para mí indiscutible es que, en la era Wikipedia y Twitter, nos falta conocimiento pero nos sobra información. Ahí está, más o menos trivial, más o menos manipulada, a nuestro alcance, como en las estanterías de un supermercado, para que hagamos con ella lo que nos plazca. Él ha curioseado, pellizcado y mezclado de esa información: ahí están sus novelas, sus poemas y sus propuestas. Y mis referencias son demasiado parecidas a las suyas como para no tenerle simpatía.

viernes, 9 de abril de 2010

Desayunar cicuta

Hubo un tiempo en el que yo me quejaba de los que desenvolvían caramelos en los pianissimos de los conciertos. Ya no lo hago, al menos no tan frecuentemente, pero creo que no es necesario que diga que me sigue molestando, igual que me molesta que la gente coma en el cine (gracias al doblaje y a los precios, voy ahorrándome cine y quejas), que lleve chanclas de piscina por las calles del Madrid canicular, que dos señoras (o señores, a veces no distingo) me taponen las aceras o que una familia gritona cargada de bolsas dirima media hora la forma de pagar la compra seudocultural de la semana. Por ejemplo.


Pero cuando descubrimos el placer oculto de la queja vienen los problemas : y es que es gratuita, tiende a ramificarse y además, quizá debido a las razones las anteriores, es enormemente adictiva.

Y, si te dedicas a ello con la soltura que dan las novelas y la mala baba que dan los años y la cierta predisposición burguesa a buscarle tres pies al gato de Angora, puede que hasta le caigas en gracia a un periódico que te pague por soltar dardos semanales a los que no dejan fumar en el restaurante donde te trataban por el nombre (que por cierto debe de ser el único que tiene cojones a atreverse con la ley), a los terroristas del bue gusto que muestran al mundo el torso peludo y sudoroso o a ese genérico de los ruidos nocturnos, que incluyen cuadrillas de limpieza, botelloneros, parejas exhibicionistas, borrachos o procesiones.


Hubo un tiempo en el que a mí me hacía gracia leer (y escribir) casi exclusivamente sobre lo que me cabreaba de la vida. Pero llega un momento en el que te preguntas a dónde lleva darte cuenta de lo incómodo que es precisamente ese asiento del autobús en donde has dado a sentarte, o lo jodidamente molesto que es el taconeo de esa aspirante a modelo en el pasillo de la biblioteca, y que levante la mano el primero que se contenga y se quede aquí en vez de mentarle a todos sus muertos o el resto de defectos que puedan afectar al reino de susceptibilidad que nos hemos montado en un momento.


Hace mucho que no escribo espumarajos de bilis (de hecho, hace mucho que no escribo, en general). Pero cuando leo cómo se quejan otros, aunque al resto del mundo le haga más o menos gracia la ponzoña que sueltan por esa boca, no puedo evitar imaginarme toda la que se dejan dentro. Y me pregunto si ese caramelo era tan sumamente importante para el curso de nuestras vidas.