martes, 25 de mayo de 2010
Son sólo días
Te levantas después de haber dormido a treguas, y después del repaso inútil de las nueve y del examen cuya entrega te da un respiro de varios días hasta lo siguiente con lo que nos tienen ocupados y quejosos, no lo sabes aún pero resulta que lo mejor del día va a ser la noche que te vas a pasar pateando calles con los cascos puestos y cara de videoclip.
Porque no es bueno estar tranquilamente tumbada pongamos en un banco o una losa del patio de la facultad, escuchando pongamos My Bloody Valentine, o algo así de alegre, mientras devoras las últimas páginas de Fantasmas y buscas el sol con la barbilla; y que de repente, se te ocurra preguntarte (después de dsquitarte en la ficción con los que tocan las narices en la realidad) a dónde estamos yendo, si los del penúltimo curso de licenciatura no seremos a fin de cuentas un invitado incómodo que nadie quiere en su mesa y por eso nos espacian los exámenes, nos recluyen en aulas de tamaño y hechura de trasteros y nos adecuan los contenidos a poco más que hacer la O con un canuto y comentarlo después con los compañeros (que es importante el trabajo en equipo) en inglés y/o con apoyo de Power Point.
Y que por mucho que te reviente esa actitud literaria y malditista del yo contra el mundo, resulta que hay veces que sí que necesitas hablar, tú que te pintas los labios de color femme fatale, cruzar referencias cómplices y recrearte con alguien en los ambientes y los colores del cine que se palpa y se lee y se paladea, y no sentir que eres poco menos que la prima rara del Quijote y que te estás encabronando (y hasta tragándote las ganas de llorar) en ese banco sin motivo alguno.
sábado, 15 de mayo de 2010
Documentación a presentar o con lo que no me atrevo a justificar el interés por una beca
No sé cómo explicarlo, y de hecho no es ni de lejos el único ejemplo que tengo de ello (recuerdo puestas de sol en la pasarela del metro, mañanas frescas de tender ropa frente a la ventana donde cantan los pájaros, noches de asomarse a azoteas de vértigo sobre los neones. Pero aquella mañana de octubre, cuando me quedaban muy pocos días para regresar (uno de los cuales, el último, derramaría en la cama), me fui yo sola a tomar el metro sin un destino fijado. No era la primera vez que lo hacía, alguna tarde, por ejemplo, en el Antiguo Observatorio; pero aquella vez salí yo sola, desde bien temprano, y disfruté del sol y de ese azul imposible que recordaba que hacía pocos días habían disparado al cielo, me senté a comer en un parque al que llegué después de una caminata de media hora atravesando una avenida de color rojo de teja, amarillo de oro antiguo y gris de mañana rutinaria, y recorrí los jardines, las pagodas y las travesías cubiertas, y cuando alcancé los puentes que cruzaban el lago artificial, mi mirada abarcó todos aquellos cafés, las rickshas de turistas gritones, y los hutongs, y los gatos enormes que disfrutaban de ese sol que por una vez no era pequeño ni rojo. Y fue entonces, aquella tarde, acodada en uno de los puentes de la zona de los tres lagos, muy cerca de la Ciudad Prohibida y a dos pasos de un entramado de callejas donde bullía un hormiguero de expatriados casi más locos que yo, cuando sentí que aquella frase tan manida de el hogar no es un sitio, es un estado de ánimo, cobraba sentido: y supe que quería quedarme allí no ya un mes, sino varios, hasta que cobrara sentido también el revuelo de tonos con que se dirigían a mí y del que apenas podía extraer una o dos palabras, pero sin llegar a entender las conversaciones vertiginosas a mi alrededor, que nunca se necesitan. Y por eso solicito la beca: para volver a lo que he llamado hogar casi más veces que a mi ciudad de nacimiento.
lunes, 3 de mayo de 2010
Y que se ponga a llover ahora
jueves, 29 de abril de 2010
Elijo por título
Hace varias semanas la encontré, cómo no, en Anagrama (parece que me pagan por hacerles publicidad, aunque no la necesiten). Es una novela, una novelita escrita a cuatro manos por los que entonces eran unos don nadies que dejaban pasar la vida entre farras, barcos que nunca alcanzaban a zarpar y botellas robadas de Canadian Club. Entonces uno de los colegas con los que se juntan, un casi adolescente rimbaudiano, se carga a otro y se lo cuenta.
Y en clave de ficción los dos don nadies se pusieron a escribir un poco como quien juega Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques.
No la elegí precisamente por calidad literaria, aunque le sobre. Y la he disfrutado porque fue escrita por dos amigos que no se habían comido aún un rosco en el terreno literario, por dos jovenzuelos que veían pasar la vida muy deprisa cuando se despertaban con resaca de alcohol y de morfina y demasiado tarde para embarcarse; y que me recuerda en ocasiones a ese procrastinar eterno de una generación que no va a llamarse de ninguna forma y que parece abocada a la abulia y la rutina.
Sólo que hoy, algo como Y los hipopótamos... no puede darse, porque nadie se guarda, durante tantos años, un escrito así, aunque no tenga la mitad de literatura que este híbrido capitulado a cuatro manos donde Tennison y Ryko son los disfraces de los encumbrados niños de papá, esos Kerouac y Burroughs antes de que escribieran cualquier otra cosa, antes de que sus otros personajes, el viajero y el yonqui, les sustituyeran en los libros de literatura y en la crítica cultural.
sábado, 24 de abril de 2010
Hoy también se puede leer
Sin que tenga mucho que ver, entregaron el premio Cervantes, del cual en el ambigú celebrado anoche habían leído algo suyo dos o tres personas y probablemente el año que viene, tristemente, nadie se acordará del poeta mexicano. Pero para eso estaban los amigos, los actores y los poetas para leerle (a él, al premio Cervantes del año anterior, a otros muchos) y ocuparse de horadar esa huella que dejan las experiencias literarias intensas y que hacen que recuerdes esa novela, ese capítulo, ese poema, con una sonrisa agridulce o una mirada perdida entre nubes de ficciones.
En fin, que esto es una entrada, sobre todo, autocomplaciente, y es que la carne es débil y ya echaba en falta poner de cara a la galería lo negro sobre blanco que voy masticando a lo largo de los meses. Puedo ir cambiando de referencias y de registros a la hora de hablar de esto, pero al final siempre me quedaré con unos pocos libros y la sensación tan extraña de anagnórisis que dejan cuando los vas avanzando.
Ahora vendría la parte de los agradecimientos a escritores que no van a leer esto en la vida y que solamente serviría para mostrar al mundo una lista de lecturas muy semejante a la del supermercado, así que prefiero dirigirme al que me recomendó hace ya tanto El almuerzo desnudo, al que me habló de Bolaño por primera vez, al que me dijo que Neuromancer era una novela increíble, al que me mencionó a Amis y a Hornby, a quien metió a Houellebecq en alguna conversación, al que me redescubrió a Welsh o a quien coló a Adrian Tomine en una mañana de sueño. Entre muchos otros. Gracias a todos, por la parte que os toca.
Estamos a 24, y será que no me la merezco, porque todavía no me han regalado ni una rosa. Eso sí, yo ya me he apuntado un par de títulos para regalarme a mí misma. Y es que leer es un placer onanista poco comparable a nada. Disfruten.
sábado, 17 de abril de 2010
Rituales y nostalgias
A lo mejor me estoy pasando con esto de buscar paralelismos pero me parece que por muy posmodernos que nos creamos, seguimos apegados a los ritos de paso y a las celebraciones ancestrales con sus dones, sus intercambios y sus tránsitos. El jueves fue el delirio carnavalesco y la deliciosa pérdida de conciencia que supone una fiesta universitaria que invierte los papeles (o directamente nos hace perderlos): profesores con vasos de litro en la mano, el decano subido a un escenario marcándose un rock & roll y un séquito de sátiros y ménades con vaqueros y deportivas manchados de barro atronando los pasillos de una facultad que cuenta con quinientos años de historia. Para algunos, un ritual iniciático, para otros, ya una tradición que mejora con los años.
Al día siguiente, obviando desperfectos que pasan por una resaca general y solidaria, volvimos a las formas: trajes, corbatas, vestidos vaporosos, peinados de cóctel, sombreros, prendedores, carmín y perfumes. Muy cerca del artesonado de madera del techo, que es donde dejan estar a los que no son familiares de los graduandos, nos asomamos al paraninfo, donde parece increíble que hace medio milenio los estudiantes se examinaran (en latín, en griego, en romance). Y ahí están. Conocía a muchos de los que estaban a punto de recibir una banda azul y un diploma, y me pellizcó la nostalgia. Más o menos nerviosos pero emocionados y sonrientes, todos parecían tener la conciencia clara de estar terminando algo que empezaron con ilusión hacía cinco (o más) años que, seguro, han pasado demasiado deprisa.
De la lectura de los discursos de alumnos escogidos (prolijo en referencias y cuidado en palabras el uno, cómplice y asertivo el otro) se pasó a la de los profesores, que recordaron aquellos primeros días de un primer curso que no parecía tan lejano. Para muchos empieza otra etapa y algunos no volverán a pisar la ciudad. Les veo irse, elegantes, charlando con doctores y catedráticos, rumbo a sus respectivos futuros. Intento no pensar en los cafés que les debo ni en todo lo que no he hablado con ellos y que estaría más o menos relacionado con la metaliteratura, ni en los que se marcharán el año que viene (ni en que a mí también se me va a acabar el tinglado), sino en los que vienen después y que han elegido la filología aunque ahora maquillen esa palabra que parece proscrita con el compuesto genérico Estudios Hispánicos. En los que un día, después de una jornada dionisiaca, bajarán unas escaleras que llevan siglos aguantándonos para recibir el galardón con su nombre que concluya la que todo el mundo llama, con la seguridad que da la madurez y la nostalgia de la lozanía, la mejor época de su vida.
domingo, 11 de abril de 2010
Por qué me gusta la Nocilla y el café aguado
Fernández Mallo no parece tener que ver con nada de todo esto, sus versos (que son líneas) a veces son cualquier cosa menos versos, pero me llegan mucho más que cualquier perseguir ojos y cintura de un neorromántico, un sensista o un fanático del haiku. Sin embargo, cuando leo “Ahora yo ya sólo aspiro a las enumeraciones” en Carne de Píxel, me dan ganas de devorar toda la información o la informatina que reside en las páginas híbridas, mutantes, de ese poemario que es también teoría astrofísica.
Reconozco que al principio, cuando con esos experimentos de Profesor Bacterio (el calificativo tampoco es mío) consiguió colarse de lleno en el panorama literario y apropiarse de entrevistas y portadas de suplementos culturales, le tomé hasta manía. Después leí Nocilla Dream. Y podría hablar mucho de ella, pero bastante coñazo doy, en general, con lo que leo, además es probable que dentro de unos años o de unos meses reniegue de todo esto cuando vuelva a cambiarme las referencias. De momento, eso sí, prefiero Nocilla Experience, no sabría decir por qué, quizá porque no me cansa como el monólogo eterno de la primera parte de Nocilla Lab y porque me parece que culmina lo que apunta en Nocilla Dream: ese producto imposible que, como la Coca-Cola, sólo se parece a sí mismo. O algo así.
Habrá quien no le soporte, quien vea un bluff, quien no trague a este gallego que parece alimentarse de café solo y Lucky Strike, que habla con voz pausada de fractales, de chicles pintados en las aceras o del azar del parchís que rige este mundo. Lo que sí es para mí indiscutible es que, en la era Wikipedia y Twitter, nos falta conocimiento pero nos sobra información. Ahí está, más o menos trivial, más o menos manipulada, a nuestro alcance, como en las estanterías de un supermercado, para que hagamos con ella lo que nos plazca. Él ha curioseado, pellizcado y mezclado de esa información: ahí están sus novelas, sus poemas y sus propuestas. Y mis referencias son demasiado parecidas a las suyas como para no tenerle simpatía.
viernes, 9 de abril de 2010
Desayunar cicuta
Hubo un tiempo en el que yo me quejaba de los que desenvolvían caramelos en los pianissimos de los conciertos. Ya no lo hago, al menos no tan frecuentemente, pero creo que no es necesario que diga que me sigue molestando, igual que me molesta que la gente coma en el cine (gracias al doblaje y a los precios, voy ahorrándome cine y quejas), que lleve chanclas de piscina por las calles del Madrid canicular, que dos señoras (o señores, a veces no distingo) me taponen las aceras o que una familia gritona cargada de bolsas dirima media hora la forma de pagar la compra seudocultural de la semana. Por ejemplo.
Y, si te dedicas a ello con la soltura que dan las novelas y la mala baba que dan los años y la cierta predisposición burguesa a buscarle tres pies al gato de Angora, puede que hasta le caigas en gracia a un periódico que te pague por soltar dardos semanales a los que no dejan fumar en el restaurante donde te trataban por el nombre (que por cierto debe de ser el único que tiene cojones a atreverse con la ley), a los terroristas del bue gusto que muestran al mundo el torso peludo y sudoroso o a ese genérico de los ruidos nocturnos, que incluyen cuadrillas de limpieza, botelloneros, parejas exhibicionistas, borrachos o procesiones.
Hubo un tiempo en el que a mí me hacía gracia leer (y escribir) casi exclusivamente sobre lo que me cabreaba de
Hace mucho que no escribo espumarajos de bilis (de hecho, hace mucho que no escribo, en general). Pero cuando leo cómo se quejan otros, aunque al resto del mundo le haga más o menos gracia la ponzoña que sueltan por esa boca, no puedo evitar imaginarme toda la que se dejan dentro. Y me pregunto si ese caramelo era tan sumamente importante para el curso de nuestras vidas.
martes, 30 de marzo de 2010
Favoritismo
Como tantas otras propuestas participativas, me picó la curiosidad a la vez que me dio ganas de lucirme. Y es que no sé por qué pero al final todo el mundo acaba salvando palabras o excesivamente barrocas o muy comunes: uno termina votando palabras como vida o retorcimientos de lengua como metempsicosis.
Así que frente a la pantalla, con cara de concentración y mentalidad de crítica pedante, se me ocurrieron catafalco, nefasto, estilográfica, lúgubre, ulular, deleznable, prestidigitador, casquivana y vitriólico. Me encantan, todas ellas, por una u otra razón que tiene que ver con mi pasado, mi tremendismo y mis ganas de hacerme notar allá donde voy (me sé de uno que me llamaría deletérea, que también me gusta, por cierto).
Me di cuenta, de tanto dar vueltas a las sílabas, de que sólo podía explicar una, que no es tan tremendista como la primera, ni tan rimbombante como el resto, y que es saudade. Porque parece tan extranjera que pensé que no vendría en el diccionario. Y sólo una palabra que no parece propia puede definir algo como.... bueno, como la saudade.
lunes, 29 de marzo de 2010
El mundo sigue sin nosotros y no, no es nada personal
Aún con la resaca de la noche de los teatros (ambigú, cava, vestuario y atrezzo, tequila y desajuste horario), el domingo a mediodía me agencio un sombrero y me desperezo al sol. Dejo que pasen las horas. Se me ocurre que me podría quedar así, sentada, disfrutando del domingo mientras el mundo avanza y el tiempo, aunque parece detenerse en una tarde, continúa llevándoselo todo y a veces, la clave está precisamente en admitirlo, en convivir con la pereza y con el impulso de empuñar el bolígrafo a ver qué sale de ahí, sin la pretensión de hacer algo trascendente pero a la vez, con el acicate de saber que hay algo más aparte del sol traicionero de marzo, que existen las mañanas de domingo y que a todos, de vez en cuando (pero muy de vez en cuando) nos llega la suerte en forma de tibieza.
domingo, 21 de marzo de 2010
Aún es 21 de marzo
Podemos hablar de caballos, tigres, fresas, azules, cerezas, lluvia y jazz, o de blues, vino y espejos, de la lluvia en la ciudad (París mucho mejor siempre); podemos vivir en los nombres y vomitar sobre adjetivos, y en un alarde de ingenio siempre puedes marcar su número y cuando conteste, decir felicidades, porque sí, como un romántico, como un ingenuo. Qué bonito.
sábado, 20 de marzo de 2010
Inspiración (II)
Ejemplo de argumento de una novela original:
"Una estudiante que, para huir en parte de un entorno sobreprotector y en parte guiada por su insaciable curiosidad, aprovecha una beca para estudiar varios meses en un país extraño: con una estructura de relato iniciático, va narrando sus experiencias: desde unos comienzos que debido a los choques culturales resultan casi traumáticos (aunque divertidos para el lector, por lo reconocible de las situaciones), un novio (personaje oponente) que la deja después de varias tensiones relacionadas con su nueva vida y en definitiva de los cambios (la distancia y las distintas velocidades de sus tiempos); a esa amalgama de clases, fiestas, drogas, amistades, polvos, interculturalismo, etcétera, etcétera. Finalmente se va aunque no nos dice adónde. Un ejemplo de diálogo final sería más o menos del tipo (en una azotea, la protagonista y el auxiliar exhalan humo a la última noche de la protagonista en el país): “-¿no vuelves a casa?” “-una vez leí que el hogar no es un sitio”. La protagonista haría aquí un guiño a ese otro personaje auxiliar que ha conocido y con quien ha tenido sus roces hasta que con eso de la partida y tal terminan mostrando esa complicidad que implica al lector-espectador, que sonríe melancólico, cierra el libro y automáticamente, lo olvida."
Novelas (y noveles) sin fecha de caducidad, Hostal Proust Ediciones, 2008
Me voy al supermercado.
miércoles, 17 de marzo de 2010
Irrumpir interrumpiendo o me explico bastante mal
El otro día pensaba que la única forma de parecerse a los de antes es morirse de hambre en el intento de vivir de la literatura.
lunes, 15 de marzo de 2010
Un par de horas con M., un par de días después
Empecé tres novelas tuyas, acabé dos, me gustó una y media, y ya sé que no te importa, como tampoco te importa que ahora mismo todo el mundo hable bien de ti, de tus novelas, de tu Castilla, de tu afición a la caza y de tu milana bonita, y tampoco te importa que ahora arrecien homenajes y ediciones en tapa dura.
Si no fuera porque creo que no hay nada después, diría eso de que nos espere muchos años, aunque algo me dice que no iríamos a parar al mismo sitio. No me caes, no me caíste nunca bien y estoy harta de que se hable de ti en todas partes sólo porque te ha dado por morirte. Por suerte se les pasará en un par de días, porque la literatura, la de verdad (eso lo reconozco, lo tuyo sí era literatura, a diferencia de lo que se hace ahora) sólo interesa si alguno la diña. Quién sabe, puede que sólo por eso ahora me dé por leerte: porque veré en las librerías, en la paradójica sección de novedades, algo que merece la pena, aunque no me cayeras nunca bien.
martes, 2 de marzo de 2010
En un cartel
Se me hace raro ver mi cara y mi nombre en un cartel y más cuando arriba se lee poesía. Yo no escribo poesía, yo no voy a leer poesía y no he publicado nada en mi vida. Pero estoy ahí, como la intrusa de siempre. A ver qué pasa.
domingo, 28 de febrero de 2010
Ya está bien
Ya está bien de gilipolleces, de autocomplacencia, de autocompasión, me digo cuando me encuentro ahí en el fondo de tinta de la taza de café, Ya está bien de espejos, de máscaras y de lluvia que ni notaba aunque me estuviese empapando hasta el tuétano de los huesos.
Leo (cómo no) al Bolaño detallista de La literatura nazi en América, leo al García Márquez sádico del cuento breve del teléfono y al García Márquez blandengue de Memoria de mis putas tristes, leo el blog de Fernández Mallo y sus aproximaciones al Cortázar que más me gusta (de momento), leo o intento leer al J.C. Ballard de The disaster area en su lengua original y es la primera o la segunda vez que intento algo así y me sorprendo disfrutando, leo tonterías sobre los coches rosas en Japón y me voy a ver Mulholland Drive en una televisión que casi tiene más años que yo y que refleja el pasillo de mi casa y sus luces frías, mientras fuera se desata una tormenta de ficción.
Pienso después que qué coño, que tengo oportunidad de publicar, de trabajar, de hablar de literatura en público (aunque, confieso, no me he preparado nada aún y es dentro de dos semanas), de ser quien yo quiera, a fin de cuentas, que no todo va a ser tan horrible como me gusta pintármelo, sobre todo cuando llevo dos días sin hablar con Naoko.
Y pienso que aunque me esté resfriando por culpa de la maldita lluvia de las cinco de la mañana, o aunque necesite ver un par de veces más las películas de Lynch o consultar el diccionario cada tres palabras o dotar a todo esto que estoy escribiendo de mínima unidad narrativa, ya está bien.
martes, 2 de febrero de 2010
Ver acedía
Salgo de un examen que puede resumirse como un estrepitoso fracaso de una hora, independientemente de la nota posterior. Cobro poco más de veinte euros por cinco minutos en que dije algo sobre las encuestas docentes: los cinco minutos mejor pagados de mi vida. Me arrojo a la cama y me quedo mirando a ninguna parte. Me pregunto a dónde voy. Me quedan menos cincuenta páginas para acabar La información de Martin Amis y me gustaría escribir una crítica de estilo pretendidamente literario, pero hace meses que no escribo nada decente. Me planteo acercarme a alguna exposición esta tarde para después reseñarlo como si realmente me fueran a pagar por ello. Me planteo llamadas, traslados de expediente, traslados de mundo. Me instigo para escribir sobre Tic-tac de forma personal o medianamente personal.
No sé si voy a hacer alguna de esas cosas, hoy. Me levanto. Me preparo un café. Me meto la dosis de Facebook. Tecleo en la web de la RAE. Dos acepciones y cuatro palabras que ahora mismo se hacen sinónimas.
domingo, 31 de enero de 2010
Inspiración (I)
-Buenas noches, Sara. Soy Doxa Grey., de la clase de Cuento I: de la idea al papel. Perdón por las horas.
-La inspiración es caprichosa, Doxa.
-Estoy atascada con el ejercicio de esta semana, el de estilo propio, ¿lo tiene ahí?
-Sí, sí, aquí está. “Cuento original de extensión variable de una a dos caras, de ambiente urbano”. ¿Se resiste alguna idea en particular?
-Mire, es que me aburro. Ya he contado todos los encuentros en el metro, el tren y el puto búho, todas las palizas a niños y a mujeres, todas las borracheras lisérgicas, todas las niñerías perversas y las escenitas de parejas bohemias besándose lágrimas bajo la lluvia.
-Entiendo.
-Pues eso. Nos piden originalidad ante todo, pero es que no hay forma. Creo que estoy saturada de originalidad, no sé si me explico. A veces tengo la sensación de que no hay nadie normal.
-¿Y qué tal los gatos?
-Eh... bien, supongo... ¿qué?
-Un cuento sobre un gato pero como si fuera una persona, ambiguo, sin decir que es un gato hasta el final, un golpe de efecto que deje al lector diciendo “hala, claro...”
-Señorita.
-¿Sí?
Colgué para no decirle que me gustaría meterle una magdalena por la garganta. Taché un nombre de mi lista. Empezamos bien. Un puto gato. No estaría mal si no fuera porque había escrito hojas y hojas de movimientos sinuosos, ronroneos y maullidos. Como vuelva a leer otro símil de la mujer que se despereza tras hacer el amor como un elegante felino, mato.
El siguiente en la lista era No somos frikis, venimos de Orión: relato de ciencia- ficción. No sabía si me atrevería, pero siempre sería mejor que uno de creación poética. O no.
jueves, 28 de enero de 2010
Trasnochar(se)
Qué fácil es enarbolar la bandera de Bukowski cuando su obra entera está publicada en Anagrama; qué fácil es hablar de parches anticonceptivos o de masturbarse cuatro veces al día sin nadie que joda con niños y gatos muertos; qué fácil ladrar o aullar a un punk del que sólo queda el nombre y algunos discos viejos, sin que a nadie se le ocurra que aún existen simpatías por el diablo.
A veces creo que necesito un enemigo.
sábado, 23 de enero de 2010
La utilidad de mi blog
Cuando leí 2666, a mitad del verano del 2009, me di cuenta de que estaba haciendo el imbécil. Al menos con la escritura. Por eso cerré el blog. Aunque seguí haciendo el imbécil con otros aspectos de mi vida, desaparecí un mes, volví para continuar eligiendo la peor de las opciones posibles y ahora, a un par de semanas de que comience el año del tigre (aunque visto lo visto, creo que hace años que no salimos de la era de las ratas) vuelve la necesidad de escribir o más bien de exhibir a los otros lo que hago, que es más bien poco.
Esta bitácora es totalmente inútil porque yo no tengo nada que ofrecer. No escribo para ningún otro soporte (al menos de momento), mi vida es como la de tantos otros universitarios a tiempo parcial, y mi gramática de la imaginación no me da para contar una buena historia. Así que me quedan los otros, los que sí que saben, a los que cito, a los que admiro y que en la mayor parte de los casos no se quejan porque están muertos. Leerme es una forma de voyeurismo y otra opción de las infinitas que existen hoy en día para perder el tiempo.
