viernes, 9 de abril de 2010

Desayunar cicuta

Hubo un tiempo en el que yo me quejaba de los que desenvolvían caramelos en los pianissimos de los conciertos. Ya no lo hago, al menos no tan frecuentemente, pero creo que no es necesario que diga que me sigue molestando, igual que me molesta que la gente coma en el cine (gracias al doblaje y a los precios, voy ahorrándome cine y quejas), que lleve chanclas de piscina por las calles del Madrid canicular, que dos señoras (o señores, a veces no distingo) me taponen las aceras o que una familia gritona cargada de bolsas dirima media hora la forma de pagar la compra seudocultural de la semana. Por ejemplo.


Pero cuando descubrimos el placer oculto de la queja vienen los problemas : y es que es gratuita, tiende a ramificarse y además, quizá debido a las razones las anteriores, es enormemente adictiva.

Y, si te dedicas a ello con la soltura que dan las novelas y la mala baba que dan los años y la cierta predisposición burguesa a buscarle tres pies al gato de Angora, puede que hasta le caigas en gracia a un periódico que te pague por soltar dardos semanales a los que no dejan fumar en el restaurante donde te trataban por el nombre (que por cierto debe de ser el único que tiene cojones a atreverse con la ley), a los terroristas del bue gusto que muestran al mundo el torso peludo y sudoroso o a ese genérico de los ruidos nocturnos, que incluyen cuadrillas de limpieza, botelloneros, parejas exhibicionistas, borrachos o procesiones.


Hubo un tiempo en el que a mí me hacía gracia leer (y escribir) casi exclusivamente sobre lo que me cabreaba de la vida. Pero llega un momento en el que te preguntas a dónde lleva darte cuenta de lo incómodo que es precisamente ese asiento del autobús en donde has dado a sentarte, o lo jodidamente molesto que es el taconeo de esa aspirante a modelo en el pasillo de la biblioteca, y que levante la mano el primero que se contenga y se quede aquí en vez de mentarle a todos sus muertos o el resto de defectos que puedan afectar al reino de susceptibilidad que nos hemos montado en un momento.


Hace mucho que no escribo espumarajos de bilis (de hecho, hace mucho que no escribo, en general). Pero cuando leo cómo se quejan otros, aunque al resto del mundo le haga más o menos gracia la ponzoña que sueltan por esa boca, no puedo evitar imaginarme toda la que se dejan dentro. Y me pregunto si ese caramelo era tan sumamente importante para el curso de nuestras vidas.

2 comentarios:

Gonzalo J. dijo...

Amén

B dijo...

Patadón a Mr Marías y toda la troupe.