sábado, 15 de mayo de 2010

Documentación a presentar o con lo que no me atrevo a justificar el interés por una beca

No sé cómo explicarlo, y de hecho no es ni de lejos el único ejemplo que tengo de ello (recuerdo puestas de sol en la pasarela del metro, mañanas frescas de tender ropa frente a la ventana donde cantan los pájaros, noches de asomarse a azoteas de vértigo sobre los neones. Pero aquella mañana de octubre, cuando me quedaban muy pocos días para regresar (uno de los cuales, el último, derramaría en la cama), me fui yo sola a tomar el metro sin un destino fijado. No era la primera vez que lo hacía, alguna tarde, por ejemplo, en el Antiguo Observatorio; pero aquella vez salí yo sola, desde bien temprano, y disfruté del sol y de ese azul imposible que recordaba que hacía pocos días habían disparado al cielo, me senté a comer en un parque al que llegué después de una caminata de media hora atravesando una avenida de color rojo de teja, amarillo de oro antiguo y gris de mañana rutinaria, y recorrí los jardines, las pagodas y las travesías cubiertas, y cuando alcancé los puentes que cruzaban el lago artificial, mi mirada abarcó todos aquellos cafés, las rickshas de turistas gritones, y los hutongs, y los gatos enormes que disfrutaban de ese sol que por una vez no era pequeño ni rojo. Y fue entonces, aquella tarde, acodada en uno de los puentes de la zona de los tres lagos, muy cerca de la Ciudad Prohibida y a dos pasos de un entramado de callejas donde bullía un hormiguero de expatriados casi más locos que yo, cuando sentí que aquella frase tan manida de el hogar no es un sitio, es un estado de ánimo, cobraba sentido: y supe que quería quedarme allí no ya un mes, sino varios, hasta que cobrara sentido también el revuelo de tonos con que se dirigían a mí y del que apenas podía extraer una o dos palabras, pero sin llegar a entender las conversaciones vertiginosas a mi alrededor, que nunca se necesitan. Y por eso solicito la beca: para volver a lo que he llamado hogar casi más veces que a mi ciudad de nacimiento.

1 comentario:

Gabriela dijo...

¿Cómo justificar el deseo de libertad, hogar donde descansa nuestro alma y a la vez se agita?
Así, sólo así, abriendo la boca y dejando que vuelen las maripoas.

Un abrazo grande!