miércoles, 28 de julio de 2010

Bifurcatio

Quiso saber dónde había estado todo ese tiempo.

En un laberinto, le dije.

No me creyó.

Por eso le mostré entonces la noble cabeza de Asterión. Le mostré las flores de crisantemo y las paredes de marfil, el tomo onceno de la enciclopedia de Tlön y la máscara de oro y las huellas del pórfido rojo en mi piel. Le mostré los reflejos cambiantes, enlacé mi aliento con el de una bestia e hice cada pausa un enigma infinito.

Y vi, en el transcurso de segundos que dilataban en horas, cómo palidecía lentamente, cómo la sangre abandonaba hasta sus labios y cómo sus ojos reflejaban, asustados, inciertos, el universo inacabable de los míos. Creo, incluso, que le oí gritar.

Se fue mascullando, solo, no sé qué de descansar y de aire fresco. Supe entonces que le había convencido, pero no pude alegrarme.

Ahora me pregunto si sabrá salir.


2 comentarios:

Pirro Sigma Tau dijo...

Es Borges condensado y puesto al día. "El jardín de senderos que se bifurcan" o el jardín de senderos de traición. No, ese no.

Rosalía R. dijo...

Efectivamente. Un pequeño homenaje "intertextual" (llámese plagio, llamese x) a ese que los cursis llaman maestro.

Senderos de traición pero siempre en brazos de la fiebre.

Gracias por leer.